La palabra Iberá está formada por dos vocablos de la lengua guaraní: ¨Î¨, agua, que antepuesto a ¨berá¨, brillante, en su traducción al castellano expresa al sitio como ¨el agua que resplandece o brilla¨, nombre que supuestamente le dieron sus originales pobladores guaraníes al observar el brillo chispeante de su superficie.
Esta peculiaridad es visible en sus espejos de agua durante la aurora o el anocher, cuando la quietud propia de un sistema cerrado, sin corrientes fluviales, se quiebra con la brisa producida por el cambio de temperatura entre la superficie terrestre circundante y el agua de los esteros o lagunas, provocando un movimiento superficial que refleja con efectos muy particulares la luz solar crepuscular.
Existe sin embargo cierta objeción sobre este origen de la denominación, porque entre los pobladores perdura aún la creencia de que el nombre se debe a la heroica princesa Iberá, la hija del cacique guaraní que se sumergió en los esteros para proteger la dignidad de su cultura.
En realidad este nombre ha ido evolucionando con el devenir del tiempo, ya que existen registros que identifican originalmente al sitio como Esteros de Cará Cará, debido a que en este lugar vivían los aborígenes emigrados de la Misión de Santa Ana por crímenes cometidos, se los conocía por “Caracará”, nombre dado también a un ave de rapiña carroñera: el “carancho”
El sistema del Iberá está formado por la gran masa de vegetación de los esteros, con gran capacidad de retener agua, y las precipitaciones pluviales, que aportan anualmente entre 1200 y 1500 mm.
De esa enorme cantidad de agua recibida, menos de una cuarta parte deriva hacia el río Paraná, a través, del único desague superficial del sistema, el río Corriente. De lo demás se encarga la alfombra vegetal por transpiración metabólica y la evaporación directa, favorecida por la relación entre su gran extensión y escasa profundidad.
Los embalsados tienen origen en los camalotes, sobre cuyo entretejido vegetal se deposita tierra aportada por el viento y arrastrada en suspensión por el agua formando así una primera capa que posibilita el arraigo y crecimiento de distintas especies de planta, incluso árboles. Constituyen por lo tanto verdaderas “costas flotantes”, sus desprendimientos dan lugar a islas flotantes cuyos movimientos son dirigidos por el viento y las corrientes.
Como decíamos, en los sectores más firmes pueden incluso sostener vegetación arbórea (laurel, ceibo, curupí) aunque las asociaciones de pajas son ampliamente dominantes (totora, pehuajó, espadaña, paja brava y otras).
Los esteros son depósitos de agua estancada, con una profundidad que varía entre 1 y 3 metros, cubierto por una cantidad de plantas acuáticas, que surgen muchas veces desde su fondo, con pajonales en los bordes; o bien son formaciones flotantes que ocultan la superficie del agua como los embalsados y los camalotales.
Estos últimos se forman en los esteros y en las orillas de ríos y lagunas. Están compuestos por plantas flotantes como el aguapé, irupé, el repollito y la lentejas de agua. Otro de los ambientes geográficos propios de la región lo constituyen los bañados formados por la acumulación temporaria de agua, que cubre la superficie de las zonas más bajas en las épocas de lluvias abundantes.
El agua se escurre hacia los arroyos temporarios o es absorbida por el suelo, queda solo en las lagunas permanentes, en los lugares más profundos. Cuando ocupa bajos casi planos que dificultan el drenaje normal dan lugar a la formación de un mal piso conocido localmente como malezal.
Por tal circunstancia es posible hallar entre sus brumosos límites formaciones florísticas tan diversas como camalotales, juncales y embalsados, dentro de las comunidades acuáticas; palmares de yatay o palma colorada, selvas en galerías e isletas de bosques higrófilo (que tiene la posibilidad de absorber y exhalar humedad) con elementos del Chaco Oriental y la selva misionera, (lapacho negro, higuerón, urunday, viraró, timbó, laurel negro, quebracho blanco, guaviyú, etc.) dentro de las comunidades arbóreas y pastizales, cardazales y pajonales, dentro de las terrestres y palustres.
En general, sobre la superficie, de las aguas, se pueden ver: irupés o nenúfares, camalotes, lentejas, repollitos, lirios y jacintos de agua y helechos pequeños.
Sobre el embalsado, pajonales achiras, yuyales y pequeños árboles de suelos húmedos como los sarandíes, laureles, y el pehuajó o totora grande. En las islas se observan algunas especies agrupadas en cierto número, como, por ejemplo, de ombúes, hierba gigante, a la que se la considera originaria del Iberá y en las costas del estero se encuentran: jacarandáes y lapachos, ceibos y sauces, curupíes y timbóes, guayabíes y urundays, espinillos, etc. Entre las palmeras son comunes las yatay, pindó y caranday.
Inmensos cardúmenes de pequeños peces nadan en los cursos de agua, junto a tarariras. anguilas, palometas o pirañas, bogas, sábalos, bagres, dientudos, etc.
Al caer la noche resalta en el ambiente la actividad de los anfibios, entre ellos, los hilidos y el gran sapo buey o cururu y finalmente no podemos dejar de hacer referencia a las multicolores mariposas entre las que se pueden identificar las morpho.
Clima: El clima, de la porción central de Corrientes y área que preponderantemente ocupan los esteros, es templado cálido, con una temperatura media anual de 20º C. Las más copiosas lluvias se registran en otoño y el caluroso verano, correspondiendo la menor precipitación a los meses invernales. Según estimaciones, el aporte pluvial devuelve al sistema una cantidad de líquido equivalente a la que se evapora, cálculo que subraya su decidida influencia climática. La primavera es la época ideal para visitar la región.

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