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Los cambios sucedidos en la constante dinámica de acumulación del capital muestran sorprendentes efectos, a la hora de evaluar los impactos en el trabajo y el empleo.


Es posible observar a escala mundial, un deterioro que se manifiesta por la pérdida de protección social, la creciente  inestabilidad laboral, y la existencia de una cantidadconsiderable de puestos de trabajo con bajas remuneraciones.


De hecho las transformaciones sufridas en el mundo del trabajo en las economías centralizadas e industriales han significado procesos de ‘readaptación’ y reestructuración de las prácticas en el mundo del trabajo en las sociedades periféricas, dando forma a un nuevo escenario global, transnacional y de deslocalización de la producción capitalista.

Los paradigmas productivos en América Latina.

El desarrollo y emergencia de paradigmas productivos en el caso de América Latina ha sido atravesado por el proceso de conformación y acoplamiento de la economía latinoamericana en las últimas décadas al sistema mundial capitalista y la instalación de un régimen social de acumulación con una matriz disciplinaria, lo cual ha significado un nuevo proceso para la constitución de subjetividades y espacios de sujeción social.


Esta misma dinámica conjuntamente ha dado paso a la construcción de nuevos procesos de reorganización de la sociedad, a un nuevo modo de producir la vida y de comprender las relaciones sociales departe de los sujetos y actores sociales.


La flexibilidad y la precariedad laboral se impusieron como parte de la conmoción de la condición salarial en las sociedades del capitalismo industrial en los años 70’ y 80’ la cual estuvo marcada por la innovación socio-técnica de lare-organización de las lógicas del trabajo, un quiebre en la anterior división social del trabajo, una revolución científico-tecnológica de los medios de producción, la desregulación laboral y una masiva desvinculación de los de los individuos de los sistemas de protección característicos del Estado de Bienestar.


En este proceso la forma asimétrica que asumió la relación entre capital-trabajo, permitieron a la clase capitalista un amplio margen para refundar las bases del proceso de acumulación en la explotación del trabajo, generando las pautas para la competitividad y las ventajas comparativas que el capital requería paragenerar un nuevo ciclo deexpansión, junto con la conformación de amplias zonas devulnerabilidad y desafiliación social.


Estas transformaciones se hicieron latentes en espacios que trasgredían el espacio del trabajo, y amenazan/reformulaban las formas de reproducción de la cotidianidad con la profundidad de las transformaciones en el mundo del trabajo, como eje, y considerando los
cambios en la sociedad salarial a través de la reestructuración productiva neoliberal.



En el marco del mundo del trabajo, este fenómeno abrió un espacio a la ampliación del sujeto laboral, con la manifestación de formas cada vez más precarias y flexibles de trabajo, lo cual reconfiguró la cartografía del trabajo de forma radical, siendo este elemento parte de una nueva reconstrucción disciplinaria del trabajo y el trabajador/a y la instalación de un proyecto de “modernización y racionalización productiva”.


El panorama que quedó planteado fue el de una compleja metamorfosis social, en el cual la precariedad del trabajo se volvía un fenómeno estructural y pilar del proceso de modernización tardía, esto en la medida en que constituía un motor de los procesos de aceleración
social. La precariedad afectaba, de un modo u otro, al conjunto de la estructura ocupacional y el mercado laboral, a los procesos racionalización cultural, la diferenciación estructural, los procesos de individualización y de constitución subjetiva de la personalidad, y de un nuevo escenario de dominación en las relaciones de poder.

Así es como la precariedad repercute, no solo en modalidades de contratación a corto plazo, inestabilidad laboral, rotación de la mano de obra, o en una diferencia en el nivel de ingresos, sino que también se articula como un campo complejo en su morfología para dar cuenta de aperturas, discontinuidades y fragmentos del espacio constitutivo de identidad(es) en/con el trabajo y en la sociedad. Parece así necesario detenerse en la dialéctica de la dimensión espacial y temporal de la precariedad, que contextualizan el debate sobre las características que ha asumido esta categoría en distintas formaciones socio-históricas, de manera de dar cuenta de las particularidades que involucrael fenómeno de la precariedad en Latinoamérica.


Este capítulo presenta en su primera sección un debate acerca del acercamiento al fenómeno de la precariedad laboral desde la teoría de Robert Castel y la apertura a este debate en Europa y su introducción en América Latina.


Por ejemplo, en el caso de Chile, la irrupción del neoliberalismo, como forma hegemónica en la conformación de un patrón de acumulación flexible, dio pasa a la metamorfosis de las formas de trabajo, y con ello, a un debilitamiento a uno delos principales mecanismos de integración y cohesión social en las sociedades moderno capitalistas. A la vez se instalabanlas bases para un cierre del discurso político y la configuración de un imaginario socialque involucraba la instalación de una hegemonía en/del sentido común como nuevo cuerpo de articulación e interpretación de las “nuevas” condiciones de explotación/vida.

Muchos/as trabajadores/as, sufren/sufrieron de puestos de trabajos precarios, más condiciones de trabajo, sindicatos impotentes, y servicios sociales privatizados y de baja de calidad/cobertura. Algunos trabajadores se encontraron en cambios difíciles en su lugar de trabajo, como la flexibilización, la fragmentación, la inseguridad del empleo, el trabajo temporal, las subcontrataciones, las horas largas, y la mecanización

Tratamos de clarificar que nos referimos a “una Europa” en especial, la que está relacionada con los países industrializados del continente, y desde donde proviene principalmente el debate de la precariedad. Sabemos que la heterogeneidad estructural de Europa, cobija distintas formas sociales e históricas por la cuales la precariedad laboral asume distintas formas, percepciones, genera distintos vínculos y se expresa e interioriza sincronización de ambas realidades en la necesidad del discurso de “la modernidad” y “la modernización” capitalista.

En la lejana Santa Cruz los trabajadores también animaron luchas épicas que concluyeron en matanzas incluso más terribles. Dominaban allí enormes estancias dedicadas a la producción lanera para la exportación, muchas de ellas en manos de extranjeros, especialmente ingleses y alemanes.

Mediante alianzas matrimoniales, hacia 1920 tres familias llegaron a poseer millones de hectáreas en la zona y a controlar los bancos, aseguradoras, grandes comercios, puertos y empresas mineras que allí funcionaban.

Las estancias se organizaron como empresas capitalistas, algunas de ellas con altos grados de tecnificación.

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Las organizaciones obreras y la Patagonia Trágica.

La organización “racional” del trabajo y la subcontratación de tareas les permitió grandes ahorros en mano de obra, especialmente en los planteles estables, que fueron mínimos.

Eso significó, sin embargo, que las estancias requirieron grandes números de trabajadores estacionales para la época de la esquila, una fuerza de trabajo heterogénea en su origen nacional, nómade y desarraigada, que les resultaría muy difícil de mantener a raya.



La organización obrera comenzó allí de la mano de la Federación Obrera (FO), fundada en Río Gallegos en 1910, que para 1920 nucleaba una serie de gremios de los pocos pueblos costeros que había por entonces, especialmente estibadores y cocineros y empleados de hotel, la mayoría inmigrantes europeos.

Habían conseguido también extender la afiliación entre muchos de los peones que trabajaban en las estancias, entre los que, junto a los de origen argentino, eran legión los chilenos y los europeos.

La conducción del sindicato estaba entonces en manos de Antonio Soto, un español de apenas 23 años, de ideas anarquistas. En 1920 el malestar de los trabajadores se hizo sentir tanto en el campo como en los pueblos.

Huelgas y boicots.

Mediante huelgas y boicots a los comercios más importantes exigieron un aumento en los jornales y mejoras en las condiciones de vivienda. Para noviembre la huelga se expandió por las estancias y la ciudad capital quedó paralizada.

Entre el peonaje rural los dirigentes más importantes eran por entonces “el 68” y “el Toscano”, dos italianos acriollados, secundados por otros dos gauchos nacidos en el país. Junto a ellos se había reunido un grupo mayor de referentes de la huelga, que incluía un francés, un alemán, varios chilenos, varios españoles, un ruso, tres norteamericanos, dos escoceses, un negro portugués, un uruguayo y un paraguayo, además de varios argentinos.
Historias para recordar: las luchas sociales y los sucesos de la Patagonia trágica.Click to Tweet
Como una hueste rebelde a caballo, embanderada con estandartes rojos y negros, este grupo procedió a tomar estancia tras estancia, engrosándose con la peonada que quisiera seguirlos y obligando a los dueños y administradores a acompañarlos en calidad de rehenes.

 Como buenos anarquistas, todas las decisiones las tomaban en asambleas en las que la totalidad de los peones tenían voz y voto.

La dimensión que había tomado el movimiento en el campo obligó finalmente a la patronal a reconocer a la FO y sentarse a negociar.

Sueldo mínimo, mejoras habitacionales e incorporación del grupo familar.

Pero el sindicato le presentó un pliego de condiciones que no estaban dispuestos a conceder, que incluía un sueldo mínimo de $100, mejoras en las viviendas para peones y la obligación de que los estancieros tomaran a los trabajadores con sus familias (y no sólo a los solteros), ofreciéndoles ventajas para radicarse.

 Los terratenientes, organizados en la Sociedad Rural y la Liga Patriótica y apoyados por la embajada británica, exigieron entonces a gritos al gobierno nacional que enviara tropas para reprimir. Yrigoyen finalmente envió tropas del Ejército al mando de un militar radical y de su confianza, el teniente coronel Héctor Varela.

Pero, para gran frustración de los estancieros, la mediación que se encaró entonces entre los rebeldes y la patronal terminó concediendo casi todos los pedidos de los trabajadores, con lo que la huelga se levantó con victoria obrera.

La soberbia de los estancieros.

La tranquilidad, sin embargo, duraría poco. Tras el regreso de las tropas a Buenos Aires, se hizo evidente que los estancieros se preparaban para incumplir el convenio firmado. Con ayuda de parte de la prensa porteña, se dedicaron a difundir informaciones falsas sobre crímenes y violaciones cometidos por “bandoleros” anarquistas y de “complots” chilenos para apropiarse de la Patagonia. 
Leer también: Los primeros estadios de toma del poder de América por parte de las empresas hace 100 años.
Consiguieron así arrancarle a Yrigoyen la promesa de que volvería a enviar tropas, esta vez con ánimos represivos. Llegado el fatídico momento de la esquila, y en medio de tales campañas, la FO obró con prudencia e indicó que sólo pararían los peones en aquellas estancias que no respetaran el pliego firmado el año anterior.

Pero cuando esta medida comenzó a hacerse efectiva, la policía local encarceló masivamente a los dirigentes obreros que encontró en los pueblos, deportándose a aquellos que fueran extranjeros. Esa provocación patronal precipitó los acontecimientos: Soto llamó a una huelga general en demanda de la liberación de los presos políticos. Nuevamente las estancias fueron ocupadas, los administradores tomados de rehenes, y las armas y caballos confiscados. Para comienzos de noviembre de 1921 todo el sur de Santa Cruz se encontró paralizado.

Diversas huestes obreras recorrían el campo con sus banderas rojas, de asamblea en asamblea, cambiando de ubicación para evitar a la policía. Los aterrorizados estancieros abandonaban sus propiedades y se refugiaban en los pueblos costeros.

Se decreta la ley marcial.

Ante la gravedad de los acontecimientos Yrigoyen volvió a enviar tropas, nuevamente al mando de Varela. Pero esta vez el teniente coronel llevó órdenes distintas.

Al llegar a Santa Cruz decretó la ley marcial y anunció la pena de fusilamiento para cualquier desacato. Aunque intentó presentar a la opinión pública un escenario de guerra, en realidad lo que hizo fue enviar pequeñas patrullas que fueron deteniendo a los obreros en diversos puntos del territorio.

Aunque estaban pobremente armados y no ofrecieron resistencia, buena parte de los obreros capturados fueron fusilados allí mismo, sin mediar siquiera un juicio sumario.

Los fusilamientos para eliminar a los cabecillas del movimiento.

Los estancieros liberados colaboraron casi siempre con las tropas, señalando a los peones que a sus ojos merecían la pena capital. Aprovecharon así no sólo para eliminar a los cabecillas del movimiento, sino también a cualquiera que les resultara revoltoso o simplemente a los peones a los que les adeudaban jornales.


Los cuerpos de los fusilados fueron enterrados en las mismas estancias en fosas comunes o quemados con gasolina. El episodio más dramático de los fusilamientos fue el del 6 y 7 de diciembre en la estancia “La Anita”, donde se hallaba el grupo más numeroso de peones, unos 600, encabezados por el propio Soto. Sitiada por las tropas, la peonada tuvo tiempo de realizar una última asamblea para definir qué hacer.

Una mayoría opinaba que convenía entregarse a cambio de la promesa de conservar la vida. El alemán Pablo Schulz, en franca minoría, sostenía que había que enfrentar a los militares. Soto pensaba que eso era una locura: sin poder de fuego ni entrenamiento, los peones no tenían chances frente a soldados de un ejército regular.
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La falsedad en las promesas del coronel Varela.

Pero también sabía que las promesas de Varela eran falsas y que serían fusilados apenas se entregaran. Intentó utilizar su mejor oratoria para convencer a la asamblea de huir a la montaña y resistir allí practicando tácticas de guerra de guerrillas. Pero todo fue en vano: a la hora de la votación la mayoría decidió entregarse.



Aunque sabía que moriría fusilado, Schulz acató la decisión y se entregó con los demás. “Yo no soy carne para tirar a los perros”, dijo Soto; que con un pequeño grupo se escapó sigilosamente por la noche y logró cruzar a Chile. Moriría allí de viejo, mucho después. Nunca pudo dejar de preguntarse si sus palabras de esa noche acaso pudieron haber sido más convincentes, acaso pudieron haber salvado de la muerte a la enorme cantidad de sus compañeros fusilados como perros en La Anita.

Los fusilamientos continuaron hasta que se acabó con todos los núcleos huelguistas. No es posible saber exactamente cuántos fueron los fusilados de la Patagonia trágica. Sobre la base de los datos aportados por los militares se llegó a documentar 283 casos, pero sin dudas fueron muchos más (la prensa anarquista calculó que fueron no menos de 1500). La patronal no esperó a que la carnicería terminara para cantar victoria: el 10 de diciembre la Sociedad Rural de Río Gallegos publicó las condiciones con las que se contrataría de ahora en más al personal.

 Los sueldos anunciados venían con una rebaja de un tercio y más respecto de los que estaban en vigor anteriormente, y ni se mencionaban las mejoras de vivienda que se habían acordado en la primera huelga.

Para entonces el terror ya había hecho su trabajo: ya no quedaba ni sindicato ni nadie dispuesto a protestar.

El escándalo por la masacre puso en un brete a Yrigoyen: Varela siempre sostuvo que cumplió órdenes del presidente.



Luego de los hechos la UCR impediría la creación de una comisión investigadora en el Congreso. Ningún partícipe de los fusilamientos fue juzgado. Por el contrario, a Varela se lo premió designándolo director de la Escuela de Caballería de Campo de Mayo.

*Fragmento del libro Historia de las clases populares en la Argentina: desde 1880 hasta 2003, Buenos Aires, Sudamericana, 2012. NB: Toda la información de este texto está tomada de investigaciones de Osvaldo Bayer.
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Es el número más grande que se tenga registro en 50 años.

 

Construcción y comercios, los más perjudicados.

 

El sector más golpeado por las políticas de gobierno fue la construcción.

 

Según el Registro de la Industria de la Construcción, que debe ser actualizado todos los años para poder operar, las constructoras formalizadas pasaron de 24.600 en 2015 a 23.900 en 2016, lo que equivale al cierre de 700 en menos de seis meses.

crisis

Esto afecta también al empleo indirecto que circunscribe sin incluir subsidiarias ni pequeñas empresas informales.

 

Según El Cronista.com se perdieron solo en el primer trimestre 30.000 empleos formales.

 

A este numero se le excluyen trabajadores en negro que, en este rubro, representa casi la mitad.

 

La industria manufacturera es la que mayor valor agregado otorga pero es muy vulnerable a los cambios en política económica y energética.

 

Con la suba de la electricidad, el gas, la baja en el consumo por aumento de precios,

Leer también: Para sacarse el sombrero.

el incrementó la tasa de interés y, por sobre todas las anteriores, la apertura de importaciones,

 

las empresas de este rubro sufrieron 171 cierres.

Por ejemplo, en el caso de Royac Metalúrgica, que fabrica válvulas dosificadoras para las cerealeras, pasó de pagar de 1250 pesos en tarifas a la inmensa suma de $16.800. Con la libre importación,

 

se han quedado sin órdenes de compra ya que los que eran sus clientes compran productos chinos un 67% más barato.

 

Según el CEPA, en las empresas en las que la energía es el 5% del costo final, las ventas cayeron un 15% mientras que en las que los costos energéticos representan el 30% del total,

 

como en perfumes y juguetes, se redujeron 50% y hubo varias debieron cerraron.

Tomando fuentes del AFIP,

 

los sectores con más cierres son Construcción con 700, comercio y reparaciones con 367, hoteles y restaurantes con 165, industrias manufactureras con 171. Además,

 

hubo 283 cierres en el resto de los sectores. Esto representa un total de 1686 empresas cerradas en los primeros cinco meses del gobierno de Mauricio Macri, el número más grande en 50 años.

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Resumen de los pasos a seguir para registrarme como empleador de Casas Particulares, en el marco de la ley 26.844 y declarar al/los trabajador/es.

PASO 1: Declaro el/los lugar/es donde el/los trabajador/es realizará/n la/s tarea/s

PASO 2: Declaro los datos del/los trabajador/es que me dependen

PASO 3: Con los datos declarados en el punto 1 y 2, procedo a registrar la/s relación/es laboral/es vigentes.

PASO 4: Imprimo los comprobantes que emite el sistema. Uno para mí y el otro para el trabajador, con las respectivas firmas.

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Los pobladores del delta del Tigre, en particular los que viven cerca de la desembocadura del Río de la Plata, tienen una relación íntima con las mareas.

Conocen sus señales, la perciben y hasta las padecen.

Una repentina, imprevista, subida del agua puede desatar un caos. De esto conoce mucho Javier Altschuler, curtido habitante del delta y encargado de elaborar en forma artesanal los carteles de madera de cedro que decoran las fachadas de los locales de Cardón en todo el país.

Javier vive con su mujer y cuatro hijos a orillas del río San Antonio, a tres kilómetros de la desembocadura del Río de la Plata. Sus hijos van a la escuela que funciona sobre el Río Sarmiento a cinco kilómetros de su casa, por el río.

Todas las mañanas una lancha de la escuela pasa a buscar a los chicos. Cuando parten, Javier ya está trabajando en su taller, un tinglado abierto levantado con postes de palmera y chapa, a pasos de su casa y a pocos metros del río. Javier dice que vive atento a las mareas: "las normales suceden cada tres meses, pero pude llegar en cualquier momento y si no estás listo en tres horas puede subir el agua y te lleva todo. Viento sudeste y luna llena son señales muy probables de que habrá subida".
 
Carpintería artesanal es el nombre que le da Javier a su oficio, y sus manos callosas, señaladas por el uso de mazas, gubias y formones, lo reafirman. Cuenta que usa el cedro para elaborar los carteles de Cardón porque "es una madera noble, relativamente liviana y resistente", y así describe los secretos de su oficio: "cada cartel es diferente, porque las maderas son distintas en las vetas y en la dureza por más que sean de un mismo árbol.

En el tallado que representa el ochenta porciento del trabajo, uno acompaña las vetas a medida que va avanzando. Las manos se van acomodando y no es algo que podés pensar, te vas dando cuenta por donde ir". Para hacer un cartel grande de Cardón (150 kilos de peso, y mide 7,25 metros de largo por 1,25 de ancho), Javier cuenta que trabaja una semana: Elección y ensamblado de tablones, diseño y dibujo del cartel sobre la madera, tallado, tintura y barnizado son las etapas que se van sucediendo hasta culminar el trabajo. Después será una lancha la que transporte el cartel, o hasta el uso más precario de una piragua si el cartel es más chico (4 o 5 metros de largo por 0,80 de ancho). Siempre atento a las mareas. Siempre prevenido a la luna llena y a los vientos del sudeste.


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Una fábrica de sombreros centenaria. Desde afuera: paredes altas, ganadas por el tiempo y la humedad, con amplios ventanales a la usanza de la época, y una majestuosa chimenea de ladrillo que se eleva sobre el edificio. Desde adentro: casi el silencio, ni se escuchan los ecos de esas voces que se levantaban entre los ruidos de las máquinas, unidas en una línea de producción por interminables poleas y engranajes. Eran doscientos cincuenta empleados, y era una de las fábrica más importantes de sombreros de Latinoamérica, orgullo del país y de su barrio.

Fundada en 1903, en el Dique Uno de Ensenada, provincia de Buenos Aires, la antigua fábrica de sombreros BIC, y su prestigiosa tradición en la confección de sombreros, comenzó a revivir el primero de enero de 2003 de la mano de Raúl Bogetti, fabricante exclusivo de sombreros y gorras de Cardón.
El oficio y la pasión de Bogetti, pusieron en marcha nuevamente el trabajo artesanal, acompañado ahora al ritmo de las mismas máquinas centenarias, algunas de las cuales debieron ser vueltas a armar y puestas a punto a puro empeño y cariño.

La historia familiar de Raúl Bogetti, que tiene origen Italiano en la ciudad de Torino, está signada por la vieja empresa que hoy está a su cargo. Su abuelo y su padre trabajaron allí como operarios. "El barrio, en realidad, se formó alrededor de la fábrica, por ella pasaron generaciones enteras de vecinos de Ensenada, Berisso y La Plata. Mi abuelo vivía a una cuadra y media", recuerda Bogetti. Fue Carlos, el padre de Raúl, quien después de años de trabajo en la empresa decidió independizarse y siguió trabajando en el armado y modelado de sombreros, pero en su casa familiar de la ciudad de La Plata.


Raúl recién conocería los secretos del oficio en 1985. "Cuando murió mi papá -recuerda- me hice cargo del negocio y no sabía nada". Pero aprendió rápido. "Sobre la marcha", dice Rául. El crecimiento del negocio lo llevó con el tiempo a las puertas de la vieja fábrica. Era enero de 2003 y fue para hacerse cargo. Hasta entonces la había conocido como visitante. "La primera vez fui como un cliente y no me dejaban entrar cuenta Raúl-. La fui conociendo despacito, con el tiempo, y el día que me hice cargo me di cuenta de que no sabía nada. Primero había que aprender a armar una máquina, para hacerla funcionar después. Cuando llegue quedaba un tercio de las máquinas que había inicialmente, la mayoría desarmadas. Viéndolas pieza por pieza fuimos descubriendo como funcionaban, conociendo los detalles", dice Bogetti y cuenta que para ello recibió la ayuda de su yerno, José Gómez, actualmente su socio.

Aunque poner a punto cada máquina, esencial para realizar el proceso de elaboración, no fue tarea sencilla. Raúl cuenta que casi al borde de la angustia por la dificultad de encajar la piezas, enfrentado a una especie de rompecabezas armado por el tiempo, sucedió algo imprevisto, casi mágico podría decirse: "De casualidad encontramos entre las cosas de mi papá un libro que se convirtió en una especie de Biblia para nosotros, tenía descripciones, fotos y datos de las máquinas y de cómo funcionaban". El libro, añoso, gastado, pero en buen estado, de 333 páginas de texto, fotos y gráficos, se llama Il Capello y fue editado en Italia en 1924. La ayuda que aportó fue decisiva: "una cosa es ver como funciona una máquina y otra muy distinta es poder armarla y decir lo que hay que hacer, cómo hacerlo y cuidando los detalles de cuánto hacer, cuánta materia prima usar. En Il Capello hasta figura, por ejemplo, que la Carda y la Cardina, tiene que ser operadas por mujeres por la sensibilidad de sus manos", dice Raúl.

Desde el pelo al sombrero.

Para comenzar la elaboración de un sombrero de pelo se coloca pelo de liebre o conejo en el interior de la máquina, en la cantidad requerida según la dimensión del ala del sombrero (por ejemplo para uno de ala de entre 6 a 7 cm se requieren 100 gramos de pelo). Para explicar como funciona esta parte del proceso, nada mejor que el descriptivo testimonio de una ex operaria, que trabajó durante los años de esplendor en la fábrica y que fue extraído de la Revista Legado, de la asociación Encuentro Cultural de Cabecera de Ensenada: "El sombrero se va formando sólo, ¿sabés cómo?...Con viento. Se larga el pelo y hay una campana grande, adentro de un lugar. Esa campana va dando vuelta y el pelo va volando adentro de ese aparato y se va pegando uno con otro...uno con otro...hasta que salió de la campana hecho el cono. Allí sale la parte primera, hay que amasarlo hay que achicarlos.

Después se ven con las lámparas ( el espesor) ... Seguirá todo el trabajo artesanal, en conjunto con las máquinas hasta lograr el producto terminado".

Con la lana, el proceso es diferente. La elaboración comienza en la Batylana, un artefacto gris, con forma cilíndrica y con un caparazón de tablas de madera. Con su nombre sonoro, la Batylana desmenuza la lana, la abre. Seguirá luego el turno de la Carda, del tamaño de un elefante pequeño y con un ruido que recuerda a un lejano paso del tren, es la encargada de formar el colchón de lana, materia prima base para la elaboración. El próximo paso, la Cardina hace un trabajo más fino que la anterior y entrega una gasa que una operaria envuelve cuidadosamente para llevar al próximo paso. Antes la corta y salen dos conos. El planchado, comienza a darle consistencia a la trama . Luego otras máquinas, (la Ruletosa, el Ruletin y el Fulón) seguirán achicando y dándole mayor consistencia al fieltro, hasta dejarlo con el espesor y la trama precisa. Secado, entintado, aperturas de las alas, enformado, prensa, costura, son los demás capítulos que cumplidos con el mismo cuidado y oficio hacen a la calidad de las gorras y sombreros de Cardón. De eso se encargan los actuales siete operarios de la fábrica que cuidan al detalle cada paso.

Pelo de liebre y conejo, lana merino, paja toquilla y cuero vacuno son las materias primas que, previamente seleccionadas, alimentan las bocas de las máquinas. El resultado final: óptima calidad y elegancia en gorras de pelo y algodón, sombreros de fieltro, de cuero, de paja Toquilla, todos fabricados en una exclusiva gama de colores como marrón oscuro, beige, negro y verde musgo. Llegarán a ser usados y lucidos por hombres y mujeres de campo y ciudad de todo el país. Pocos de ellos se imaginarán que fueron elaborados en un lugar donde el tiempo parece detenido, y donde la tradición de fabricar sombreros ha dejado de ser un melancólico recuerdo.
 
La más clásica voz del hombre.

 
La vigencia del sombrero como clásico símbolo de elegancia y expresividad del hombre va mucho más allá de las modas, sean efímeras o perdurables. Sobran los elementos típicos del vestir refinado de otros tiempos que no pudieron prolongar sus etapas más airosas. Citemos como ejemplo al miriñaque o el corset, destinados a otorgarles gracia y esbeltez a la figura femenina, o a las polainas o el cuello palomita, datos que realzaban, fuera de todo cuestionamiento, la estampa varonil.

No sólo se continúan usando el sombrero y demás prendas con que se cubren la cabeza, cabellera (o calva) y rostro en días de frío, lluvia, viento o sofocante sol. Aún hoy, cuando se pretende manifestar admiración a alguna persona, o frente a hechos nobles y creativos, tanto en la anciana Europa como en nuestra América, se sigue escuchando una misma palabra. Basta decir "chapeau" que significa sombrero en idioma francés- para indicar que quien la pronuncia se quita, precisamente, el sombrero ante el valor de esa persona, o de ese hecho. La sola mención del sombrero es suficiente para marcar uno de los máximos gestos de homenaje entre los seres humanos.

Siempre ha sido notable la influencia inglesa en la vestimenta de los argentinos. A lo largo del siglo XIX y la primera mitad del XX en Londres se elogiaba el estilo de los habitantes de Buenos Aires y se le otorgaba especial relevancia al parejo uso del sombrero, desde el bombín o el orión al popular chambergo. Hasta la década de 1950 era común que el argentino se calara sombrero para la mayor parte de sus apariciones públicas. Un empleado de clase media iba a trabajar con sombrero y también se lo ponía para ir al cine, comer en cualquier restaurante o mezclarse entre miles de porteños en un estadio de fútbol o un hipódromo.

Fotos de episodios políticos, desde comicios en iglesias y escuelas a manifestaciones en Plaza de Mayo,exhibían a hombres que no se despojaban del sombrero para gritar un gol o el nombre de un caudillo listo, cómo no, para "salvar al país". Era similar el panorama entre las mujeres, que se presentaban con sombrero en todo encuentro social y también en sus cotidianas idas a almacenes y carnicerías.

El uso civil del sombrero se inició en el siglo XVIII; hasta entonces era rigor únicamente en los actos militares. Personajes de fama universal, algunos de ficción cómo el Carlitos de Chaplin y los duros que encarnara Humphrey Bogart y otros tan reales como Winston Churchill, se distinguían por determinado modelo de sombrero. Y no faltaron los argentinos, como Bartolomé Mitre, Alfredo Palacios, Marcelo Torcuato de Alvear y el mismísimo Juan Perón, hombre de gorras llevar, de la castrense color beige a las deportivas de varios colores y amplia visera, bautizadas " pochito" en el argot porteño por esa predilección que él no ocultaba. Después de 1945 cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial y se inició aquí el auge del peronismo- se apreció un creciente ocaso en el reinado del sombrero. A razones económicas y el avance social de masas populares obedeció esa caída. Los expertos coinciden en que tales crisis provocaron un descenso en la calidad del vestir.

A los que se sumó la presión de la moda dictada por la nueva potencia: Estados Unidos, que reemplazó a Inglaterra y Francia como líder de lo que todavía se llamaba Occidente. Quedaron impuestos así jeans, camisas leñadoras, ropas de cuero seudo rústicas, botas de cow-boy y, naturalmente, los sombreros stetson, que ahora han dado paso a combinaciones de traje oscuro, camisa, corbata y esas zapatillas de básquet o tenis que parecen esos postres denominados "copa Melba".

Diciendo el clásico "chapeau" nos quitamos el sombrero ante la factura de unos excelentes mocasines de carpincho, por los que se termina pagando una cifra parecida a la que demanda la compra de aquellas zapatillas que tienden a serenar sueños adolescentes. Lo mismo hace, simultáneamente en Salta un hombre que luciendo el sombrero de copa baja de la región celebra una cosecha de vino o de tabaco, la gracia de una zamba de Cuchi Leguizamón o un Backhander en un partido de polo jugado en Chicoana, entre los cerros. Y en el sur alguien descubre su cabeza festejando la pesca de una trucha o un salmón, o conmovido por un bello crepúsculo ante el Glaciar Perito Moreno. Es decir que el sombrero sigue siendo una forma tradicional de la voz del hombre.

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Obras-polvo-toxinasEn el marco del primer Congreso de Calidad del Aire Interior, profesionales directores de obra brindaron pautas para mejorar el ambiente de trabajo.

Días atrás, se realizó en Buenos Aires el Primer Congreso Argentino de Calidad de Aire Interior, en el que se abordaron temas referidos a la calidad de aire dentro de los edificios y cómo afecta a la salud de las personas. En el evento organizado por la empresa CIH Soluciones Ambientales, tres profesionales con amplia experiencia en la dirección de obras explicaron cómo influirán las normas de diseño sustentable en un cambio cultural en la ejecución de las obras.

Del mismo modo que hace 25 años las reglamentaciones sobre seguridad e higiene laboral iniciaron un proceso de transformación en la manera de trabajar dentro de la obra, los especialistas destacan que la actual tendencia hacia las formas de construcción sustentables mejorará la calidad del ambiente laboral. Concretamente, las rutinas para el control de la emisión de polvo, la limpieza y generación de residuos que imponen las normas para certificar edificios serán tareas cotidianas.

Obras sin polvo ni toxinas1
El ingeniero Ariel Lerner, de Stieglitz Construcciones, enumeró algunas iniciativas para una obra limpia: –Lavado de ruedas de camiones antes de salir de la obra.
–Armado de zócalos de contención para que el agua no corra hacia terrenos vecinos o la calle.
–Separación de residuos (reducción de la cantidad de volquetes).
–Barrera contra polvo en fachadas. Armado de áreas de trabajo selladas, y barreras temporales (por ejemplo, para cortar cerámicas con disco).
–Incremento de la frecuencia de la limpieza de obra para evitar que se pierdan cosas útiles por el desorden y tener que invertir nuevamente en su compra.

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Prohibición de fumar.
 
Lógicamente, esta serie de prácticas implica un mayor costo. Del mismo modo que la seguridad de la obra hoy es un item más a cotizar, en el futuro la inversión en el cuidado de la calidad del aire antes, durante y después de la obra, se asumirá como algo corriente.

Por su parte, el ingeniero Martín Saidman destacó que la concientización acerca de los costos que conlleva el incumplimiento de estas normas y el aumento de las exigencias legales van a actuar como motores del “cambio cultural”. Para Saidman, el disparador del cambio fue el incremento de la demanda de edificios certificados para algunos nichos específicos: oficinas alta gama y locales comerciales. “Esa demanda genera en los inversores una predisposición a afrontar sobrecostos moderados. Pero aún no hay una disposición a abonar sobrecostos por estas mejoras en los edificios de vivienda”, subrayó el especialista.

A la larga, la productividad de las empresas constructoras se verá incrementada por el mejor rendimiento de los operarios que aporta una obra limpia y ordenada. El ingeniero Roberto Carretero, director de obra de la nueva sede del Banco Ciudad (Criba) destacó el rol de la fuerza sindical como herramienta eficaz en el control de la seguridad laboral, en el sentido de que actuó mediante la educación para justificar las nuevas pautas. “Al verse afectadas las condiciones de trabajo, la fuerza sindical nuevamente puede ser una aliada”, dijo Carretero.
Obras sin polvo ni toxinas3

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