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Con un ritual majestuoso y emotivo, Wayra volvió a volar en los Andes salteños.

Se convirtió en el cóndor 100 liberado por la Fundación Bioandina en Sudamérica. Hace un año, lo habían hallado herido. Otros cuatro cóndores fueron espontáneamente a recibirlo y coronaron los festejos de los pueblos originarios en los Valles Calchaquíes.

"El cóndor y la naturaleza nos enseñan. Fijate que ahora el agua nos retrasa. Pero, así, vamos a llegar arriba más cerca del mediodía, cuando, por las temperaturas, las corrientes son mejores para que Wayra pueda volar".

Luis Jácome, biólogo y director del Proyecto de Conservación del Cóndor Andino, no está preocupado por apurar la ceremonia que en Cafayate (Salta), en los Valles Calchaquíes, marcará la liberación del cóndor número 100 que lleva a cabo en Sudamérica la Fundación Bioandina.

Wayra, que en quechua quiere decir viento, es un cóndor subadulto (de unos seis años, estas aves son completamente adultas a los 12 y viven algo más de 70) que volvió a las montañas tras casi nueve meses de recuperación en el Zoológico de Buenos Aires.

El 18 de julio del año pasado, una mujer llamó a una estación de fauna autóctona del Ministerio de Ambiente de Salta para avisar que había un cóndor herido en la localidad de La Caldera. Los rescatistas comprobaron que había sido lastimado, al parecer por un disparo de escopeta. Le dieron los primeros auxilios y en dos días lo enviaron a Buenos Aires para que lo trataran los expertos del Proyecto de Recuperación. En el zoológico porteño, recibió los cuidados del equipo de Jácome y sus voluntarios.

La semana pasada, volvió a Salta para convertirse, el sábado 9 de abril, en el cóndor número 100 liberado por la Fundación Bioandina que, de a poco y con pájaros curados o nacidos en cautiverio, está repoblando con éstas, las más grandes de las aves voladoras, distintas zonas de los Andes y viejos hábitats en los que ya se habían extinguido, como las costas de la Patagonia. Mañana será liberado el 101 en la ciudad sagrada de los Quilmes, en Tucumán. Y en septiembre, otros tres en las sierras de Pailemán, en Río Negro.

La travesía desde Cafayate a la cortada del Mal Paso, camino al Hualinchay, se hace mucho más larga de lo previsto: la noche anterior llovió y por el vado que podía cruzarse sin problemas ahora pasa un caudal importante de agua y barro; solo pueden atravesarlo las 4x4, pero no los autos, combis y colectivos en los que viajan la mayoría de los que asistirán a la liberación. Hay que dar un largo rodeo, pero Jácome prefiere que Wayra vaya por ese camino, ya que no va a volar sin que se hagan los rituales de los pueblos originarios y como lleva casi 48 horas encerrado en una pequeña caja (sus alas, extendidas, llegan a los dos metros), mejor que, por lo menos, no sufra los barquinazos.

Ya arriba, lo primero son los preparativos para las tres ceremonias: las de la comunidad diaguita calchaquí El Divisadero, la quechua Asociación Mink'akuy Tawantinsuyupaq y la Fundación Ecos de la Patria Grande (también quechua). El cóndor (Apu Kuntur, en quechua) era para los incas un mensajero de los dioses que además puede comunicarse con sus antepasados. La vuelta de Wayra es celebrada y los equipos que trabajaron en su recuperación se muestran sumamente respetuosos con esos festejos y plegarias.

Jácome, que trabaja con cóndores desde hace 20 años y no deja de insistir en que "es tremendo lo que hay para aprender de estos bichos", se encarga de que todos se pongan en círculo. Cada uno con alguna particularidad, con frases en quechua y aymara y ofrendas de tabaco, hojas de coca y distintas hierbas que, quemadas, despiden un aroma penetrante, los líderes de las distintas comunidades hablan de la importancia del cóndor, de los antepasados, de los enojos de la Pachamama, de la unidad que debe primar entre los hombre por sobre cualquier diferencia en el color de la piel. Y le piden al "Apu Kuntur" que transmita esos mensajes.

Acompañado por una procesión numerosa y multicultural –están los representantes de los pueblos originarios, otros habitantes de Salta, algunos periodistas y visitantes de otras partes del país y de Francia, por ejemplo-, Wayra es trasladada, aún dentro de su caja, hasta el acantilado en el que será liberado. Sus cuidadores abren la portezuela y el ave se despliega imponente. Sacude sus alas, mira a un lado y a otro (es verdad: como advertía Jácome, parece que fijara sus ojos en cada uno de los que la acompañaron hasta ahí), mide el viento.

El biólogo advierte que otros cóndores van a ir recibir a su par, porque "es lo que pasa siempre, no sabemos cómo"; parece una exageración, pero enseguida aparece un cóndor sobre una cima cercana. Y después otro, y otro, y otro. Al final serán por lo menos cuatro ejemplares los que sobrevolaran el Mal Paso. Wayra sigue analizando todo unos minutos, hasta que la corriente acertada le marca que es momento de volver a volar por los Andes. Y ahí va navegando en el viento que es su nombre.
fuente: Clarín

www.zanox.com


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