En marzo lo había pasado tan bien en el sur de Chile que al regresar inmediatamente lo llamé a mi amigo de toda la vida, Horacio, para que organizara una excursión a esos mismos lugares en la próxima apertura de temporada, en el lejano noviembre.
Los días se nos hicieron interminables pero finalmente llegó la ansiada “apertura”. Yo ya tenía comprado mi pasaje a Esquel desde el mes de junio; ¿ansioso?, no previsor, todos saben que comprar los pasajes con mucha anticipación ahorra dinero.
Dos mil kilómetros en dos horas, salida y arribo en horario, perfecto! Horacio esperándome en el aeropuerto y partimos raudos a su casa para ponernos al día con esas conversaciones que solo los buenos amigos se deben.
Al día siguiente, bien temprano, partimos hacia nuestro destino de grandeza.
El vehículo de Horacio, un Ford Focus Ghia gasolero del año 2004 muy lujoso aunque un tanto antiguo no era lo mejor para hacer 350 km. la mitad aproximadamente de ripio y tierra. Pero era lo que había;ya lo decía mi abuelita: “al que le gusta el durazno que se aguante la pelusa”. Lo bueno era que el vehículo funcionaba con gasoil (diésel), más barato y de mayor autonomía, también era un vehículo grande y cómodo, el resto todas desventajas.
Los primeros 120 kilómetros son por asfalto, por la famosa ruta 40 que va desde La Quiaca en el límite con Bolivia hasta Tierra del Fuego, en el extremo sur del país. No tuvimos inconvenientes, solo paramos en Gobernador Costa a llenar el tanque al máximo, gran idea que nos ayudó notablemente a la vuelta.
Una de las más de 20 tranqueras
A poco de salir de esta ciudad hay que desviar hacia la derecha por la ruta provincial 64 que es de ripio, allí se acabó lo bueno. Era un camino nuevo para mi y también para Horacio, la vez anterior yo había ido desde Comodoro Rivadavia así que todo estaba por descubrirse.
El puesto de frontera de la gendarmería argentina
El viento en la Patagonia puede ser molesto, violento a veces y persistente. Desde que entramos al nuevo camino no paró de soplar, por momentos el polvo que se levantaba y el ímpetu de las ráfagas hacían que por un lado, viéramos poco y por el otro, el auto se moviera a su antojo. Así recorrimos muchos kilómetros, lentamente, porque con ese suelo uno no se puede confiar, hemos visto muchos accidentes debido a que los conductores se acostumbran y sin quererlo cada vez van más rápido, sin darse cuenta que las piedras hacen que el vehículo no se agarre bien y ahí es el momento en que ocurren los accidentes. La tasa de mortalidad por accidentes en la Patagonia es alta, demasiado para la poca densidad de población. Así que 40 km/h era donde nos sentíamos cómodos y el viaje se alargaba. Charla y mate, mate y charla. Cada tanto una tranquera y allí bajaba yo a luchar con el viento y abrirla, pasaba el auto y cerrarla. Así pasaron más de 20. Ya estaba agotado.
En un momento el camino se bifurca y hay dos tranqueras que permiten el paso hacia uno u otro lado y ningún cartel indicador. “Bienvenido a la Patagonia profunda” dice mi amigo que hace 15 años que vive allí y ha visto de todo. Decidimos ir hacia la izquierda y luego de un par de kilómetros un vado enorme se nos presenta, por suerte solo un pequeño chorrillo de agua transitaba lentamente, un mes antes, en pleno deshielo no hubiéramos podido pasar con ese vehículo. Finalmente llegamos hasta el casco de una estancia y antes de continuar preferimos preguntar ya que era la única construcción que vimos en las últimas 4 horas.
Menos mal que preguntamos, el camino era el otro. Así que a desandar el trayecto y tomar la otra tranquera. Nunca en el juego nos fue bien, ni siquiera cuando tuvimos el 50% de chances de acertar.
No lo quería decir pero estaba un poco preocupado porque los kilómetros seguían pasando y ni miras de encontrar la construcción de la gendarmería donde se hace el trámite de migración.
Finalmente vimos la casa tipo chalet con la bandera celeste y blanca ondeando fuertemente, desflecada, casi rendida al clima, pero allí estaba. Para mí fue un alivio, yo era el guía.
El puesto de frontera de los carabineros chilenos
Pero llegó la mala noticia: no había luz y debíamos retroceder 30 km. (por otro camino de tierra distinto al que habíamos tomado) hasta Aldea Apeleg, donde nos harían el papeleo que luego nos pediría la aduana chilena para poder ingresar. No había otra solución así que fuimos hasta la aldea y grande fue nuestra sorpresa al notar que toda la documentación ¡la hicieron a mano! Inmediatamente surgió la duda ¿si de todas maneras el trámite se hizo a mano, no podrían haberlo hecho en la frontera? No obtuvimos una respuesta a esa pregunta.
De cualquier manera, salvado el inconveniente retomamos el camino y ¡llegamos a Chile!.
Pasamos tres días extraordinarios, con buen clima y buena pesca.
Decidimos regresar por dentro de territorio chileno, tomando la carretera austral 7 para evitar lo más posible los caminos de tierra. Si bien hubo momentos de excelente asfalto, se alternaba con otros de ripio, varios tramos de esa hermosa ruta están en construcción y además del inconveniente de la tierra, también tuvimos que soportar el pase de una sola mano por vez con lo cual por momentos integrábamos una cola de vehículos a la espera de que terminaran de pasar los que venían en sentido contrario.
Piscifactoría de salmones flotante
Chile es un hermoso país, la Patagonia chilena es tan o más hermosa que la Argentina, a diferencia de ésta es más húmeda, la cercanía de la Cordillera de los Andes y los vientos predominantes del Pacífico hacen que llueva mucho y que la vegetación sea más exuberante que la que hay de este lado. Debido a ello también hay más ríos y lagos. El camino es hermoso, en algunos tramos divisamos los fiordos y hasta algunas piscifactoría de salmones que es un negocio muy rentable en el hermano país, también pudimos observar un glaciar al que llaman colgante, cuando vean la foto descubrirán el por qué.
En definitiva, pese al largo y tortuoso trayecto nos distrajimos con esas maravillas. Pero toda esa belleza aún está lejos del desarrollo turístico que tenemos aquí, por suerte para los que nos gustan las cosas más naturales.
Ventisquero colgante
Sin embargo a la hora de disfrutar de algunas de las bondades de la modernidad, como por ejemplo retirar dinero de un cajero automático o pagar un almuerzo con tarjeta de débito o crédito, lamentablemente no están disponibles. Si por supuesto en los centros urbanos de gran tamaño: Santiago, Viña del Mar, Pucón, Osorno, Puerto Montt, Coyhaique, no hay problema, pero en algunos otros, digamos que hasta unos cinco o diez mil habitantes o un poco más, no hay nada donde pagar por medios electrónicos, ni siquiera dólares aceptan. Solo pesos chilenos. Así que cuando decidimos parar a comer algo y cargar combustible en La Junta, aproximadamente a mitad de camino hacia nuestro destino final en Esquel, nos encontramos con esos problemas. Solo teníamos 14000 chilenos y no alcanzaba para almorzar, menos aún para cargar gasoil.
Gracias a la buena voluntad de la gente del pueblo encontramos un pequeño restaurante donde acomodaron un menú que sació nuestro apetito y rogando que el combustible alcanzara hasta Futaleufú partimos nuevamente.
Llegamos al pueblo fronterizo casi con el olor del gasoil pero allí las cosas se nos facilitaron. Motivado por la cercanía con nuestro país y la habitual concurrencia de argentinos nos aceptaron los pesos sin problema y pudimos llenar el tanque y hasta comprar algunos regalos para nuestras familias.
Cruzamos la frontera nuevamente no sin antes alguna demora en los trámites de ambos países y transitamos el camino final hasta el hogar de Horacio. Claro que eran otros 40 kilómetros de ripio y 20 de asfalto. Pero llegamos tranquilamente, salvo una pinchadura de neumático cuando faltaban muy pocas cuadras.
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