Un amigo, de esos que la pesca saca de la galera como los magos sacan conejos para entregártelo muy de vez en cuando, me regaló hacer varios años una obra de arte con forma de cuchillo.
Allá en sus pagos de Carhue dice el “Negro” - ese es su apodo - hay varios artesanos fabricantes de cuchillos, uno mejor que el otro. Y no aguantó el llamado de su naturaleza regalera y nos compró uno para cada uno de los integrantes del grupo de los excelsos, un pequeño puñal al que llamó verijero.
Dado que mi carácter es intrínsecamente investigador, allá fui a buscar y leer todo lo que encontrara sobre tan simpático aunque intimidante artefacto.
El puñal verijero
Su uso estuvo muy difundido tanto entre los gauchos argentinos como en los uruguayos. El verijero es un pequeño cuchillo que a diferencia de tantos otros famosos escalpelos como por ejemplo el facón, no era llevado en la zona lumbar trasera sino en la parte delantera, siempre enganchado en la faja o en la rastra muy cerca de la ingle. Los gauchos a esa zona le llaman “verija”.
Posee una hoja pequeña, no más de 15 cms. y tiene múltiples usos tanto en las labores rurales como en las domésticas y culinarias. Por ejemplo sirve para capar animales, picar tabaco y hasta comer asado. Un viejo dicho campestre dice “sirve tanto para abrir un asado como para cerrar una discusión”, haciendo alusión a los duelos criollos que se desarrollaban a fines del siglo XIX y principios del XX hasta que una ley los prohibió.
Debido a su pequeño tamaño y fácil transporte, fue adaptado por los guapos y malevos que concurrían a las milongas en los arrabales de Buenos Aires, allá cuando el tango comenzó a difundirse en los lugares de bajo fondo. En esos lances o peleas el pequeño cuchillo se anotó más de una muerte e infinidad de cortes y cicatrices. Cada lugar tiene sus costumbres y la esgrima criolla fue una de ellas, era una técnica con golpes definidos: planazo, chuzazo, bajatripas, un entrenamiento riguroso para el “visteo” o esquivada de los lances del contrincante. Era una disciplina que identificaba y unía el tradicionalismo gaucho primero y de los guapos después.
Uno de nuestros mayores exponentes en las letras, Jorge Luis Borges, tenía cierta fascinación por los puñales, más precisamente por los pequeños. Para Borges los puñales estaban impregnados de códigos de conducta y honor, decía que la daga de hoja corta requería que los combatientes mataran de cerca y que todo terminaba en un abrazo final. Varias de sus obras tienen como partícipe al puñal: “La Intrusa”, “El Muerto” y “El Sur” por citar algunos ejemplos.
Pero como solo somos simples pescadores con mosca y dado que no pensamos entreverarnos en ningún duelo criollo, nuestro “verijero” tenía grabado el nombre de cada uno y una pequeña mosca alusiva.
Sin embargo, como El Negro no nos tiene mucha confianza, los hizo construir con la hoja de solo 7 centímetros de largo.
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