
Cuando leyó “La Araucana” el poema épico de Alonso de Ercilla, el francés Orllie Antoine de Tournens decidió viajar a esa remota tierra, cosa no del todo fácil en 1860. Tampoco sería sencillo realizar su sueño, establecer allí su propio reino y proclamarse monarca.
Este ignoto procurador de la minúscula ciudad de Périgueux, en el sur de Francia, había reflexionado sobre esa idea y se había convencido de que su pensamiento era correcto, a sus 33 años emprendió el peligroso viaje y llegó hasta Araucania.
Inmediatamente se contacta con varios caciques que dominaban las tribus de la región, su propósito era claro, convencerlos a unirse bajo su mandato y establecer una monarquía constitucional.
“En el año 1860 concebí la idea de que podía civilizarse a los indígenas eligiéndome su jefe, ya sea tomando el nombre de rey o cualquier otro que significara una autoridad suprema en un estado, y al efecto me dirigí a la Provincia de Valdivia o sur de Araucania y allí tuve ocasión de entenderme con varios caciques y hacerles conocer mi propósito; mas como estos me aceptaran con agrado y reconociera yo que el dictado de rey era el más conocido y acatado entre ellos, tomé ese título”.
Increíblemente su idea comenzó a tomar forma, hizo jurar a varios caciques una constitución que regiría la monarquía, que por otra parte sería hereditaria. Al finalizar el acto, los crédulos e inocentes indígenas exclamaron ¡Viva el Rey! El nombre del nuevo rey era Orllie Antoine I.
Algunos días después de la jura, varios franceses que vivían en Chile y pensando que se estaba conquistando territorio para Francia, comenzaron a apoyarlo.
Su primer acto de gobierno fue anexar la Patagonia, decisión tomada en el convencimiento que los aborígenes de ese extenso territorio también querrían adherir al reino porque se sentían con los mismos derechos de los araucanos, sus dominios se ensanchaban hasta límites inimaginables ni siquiera por el propio Orllie.
Pero el “monarca” no tenía los medios suficientes como para consolidar su corona, no tenía un ejército poderoso ni siquiera empresarios ni terratenientes que pudieran aportar contribuciones a sus exhaustas arcas. Entonces hizo lo que muchos gobernantes hacían en esos tiempos, buscar un enemigo y declararle la guerra. Lo más cerca era Chile así que ese fue su enemigo.
Pero fue traicionado y detenido inmediatamente por las autoridades chilenas, totalmente desconcertadas por la actitud del personaje. Un juez lo creyó desquiciado y solicitó ayuda médica para determinar si estaba loco, dado que no le encontraron mayores problemas psiquiátricos, el fiscal pidió la pena de muerte por perturbador del orden público.
El cónsul francés, muy preocupado por la vida de Orllie, insiste ante las autoridades para que lo declaren insano y consigue embarcarlo con destino a Francia junto con una carta para el ministro de Relaciones Exteriores donde expresa:
“… un francés que se intitula Príncipe de Tounens. Este individuo semicómico, semiserio, que afecta en sus pasos la mayor gravedad y una reserva estudiada, vivió un tiempo entre las tribus indias de Araucania de las que se ha declarado rey constitucional”.
De la lectura de la carta se desprende que el reconocimiento a su autoridad por parte de algunos caciques “fue hecha en medio de un jolgorio festivo y de amplias y generosas libaciones”.
Tiempo después, Orllie Antoine publicó un libro en París donde habla de sus experiencias como monarca y allí afirma que Francia podría haber obtenido ventajas incalculables.
En 1869 Orllie insiste con su obsesión y parte nuevamente hacia América del Sur, esta vez hacia Argentina a bordo de la nave de guerra francesa D’entrecasteux, con el tácito apoyo de algunos expansionistas de su país.
Desembarca en San Antonio y parte hacia la Patagonia, llega a Choele-Choel y allí nativos belicosos lo hacen prisionero. Parecía destinado al degüello pero un araucano que lo reconoce, le salva la vida. Debido al susto vuelve a Buenos Aires desde donde se embarca hacia París.
Si Uds. Piensas que aquí se acaba la historia, están equivocados. En 1874 consigue el apoyo de un banquero llamado Jacob Michael más parte de la prensa francesa y algunos chauvinistas imperialistas y otra vez se traslada a Buenos Aires.
Insistidor el hombre.
Parte hacia Bahía Blanca donde es reconocido por un coronel de apellido Murga quien lo devuelve a Buenos Aires para ser deportado a Francia.
Su fama y notoriedad fue decayendo con el tiempo y su reinado quedó como una extravagancia más de las tantas que matizaron las remotas tierras australes. Murió en la indigencia, en un hospital público de Tourtoirac.
Pero la idea no se rendía, su sucesor en el “trono”, Aquiles I (Gustave Achille Laviarde) no conoció jamás Araucania ni Patagonia pero reunió mucho dinero entre incautos inversionistas con la promesa de grandes ganancias por los negocios que harían en “Nueva Francia”.
Fuentes:
Barridos por el viento – Historias de la Patagonia desconocida – Roberto Hosne Editorial planeta 1997
Patagonia histórica – Bernabé Martínez Ruiz Editorial Galerna 1976


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