En el año 1974 yo era apenas un pibe recién salido del cascarón, pero tenía trabajo y responsabilidades.
Por la gracia de Dios, un poco de suerte y algo de mi intelecto, era un joven con ocupación y de la buena, empleado bancario. En esa época ser empleado de un banco era tocar el cielo con las manos, beneficios de todo tipo y un salario que era la envidia de muchos.
Por primera vez me relacionaba con gente por fuera de mi círculo de familiares y compañeros de colegio, no lo hacía bien, recuerdo que esos primeros tiempos no fueron sencillos. Me faltaba "calle", como decían los muchachos de la oficina.
Uno de los que me ayudó fue Liborio, el “viejo” de la oficina. Un veterano, lleno de sabiduría callejera y de un humor a prueba de todo. Su risa fácil, el chiste sagaz siempre en la punta de la lengua, me cobijó bajo sus alas como un ave con su pichón. Y gracias a el salí adelante.
En lo que respecta al humor era un caso serio.
En épocas en que la policía gozaba de prestigio y respeto por parte de la ciudadanía, hacerle un chiste a un representante de esa fuerza pública requería sangre fría y una cuota enorme de audacia. Recuerdo un día en que íbamos a ver una práctica de fútbol donde otro compañero de trabajo que además jugaba profesionalmente en un club de la tercera división, realizaba junto a su equipo, un partido de entrenamiento contra un club grande de nuestro deporte estrella, Independiente de Avellaneda. Era todo un acontecimiento y la mayoría de los compañeros de trabajo de el “griego” fuimos a alentarlo.
Liborio iba caminando junto a mí y de pronto vemos un agente de policía que llevaba un “walkie-talkie” junto a su oreja, un transceptor portátil que por aquella época no era tan común. Liborio me deja atrás, inmediatamente comprendí que algo estaba tramando, se acerca al policía y con cara de cemento, le pregunta:
-Perdón agente, ¿cómo va el partido?
El agente al ver que el señor lo interroga con total seriedad, deja de lado la duda de una posible burla y concluye que es un ignorante que no conoce el aparato y le da toda una explicación de lo que representa y para que lo estaba utilizando. Mi amigo le agradece la explicación, se da vuelta y nos guiña un ojo, nosotros no podíamos aguantar la risa.
Varios años antes, cuando el era joven y todavía los empleados bancarios usaban trajes y sombrero, sin que lo vieran rellenó con papeles el interior de un sombrero Montecarlo propiedad de un compañero que tenía ciertas características de hipocondríaco y lo convenció que estaba pálido y tenía la cabeza hinchada. El pobre hombre dispuesto a visitar al médico, se colocó el saco y cuando el sombrero no le entró, cayó desmayado cuan largo era.
Anécdotas de ese tipo tenía muchas y su leyenda se agrandaba día a día. Seguramente su personaje creció por sus actitudes pero también por la fábula exagerada por el paso del tiempo.
Como buen bromista también sabía aceptar cuando las cosas no le salían bien. Cierta vez me comentaron testigos del hecho, que una noche se quedaron varios compañeros de trabajo hasta tarde por algún problema de conciliación de saldos y al resolverlo fueron todos juntos a cenar, llegados los postres Liborio muy serio le pide al mozo tomate con dulce de leche, aparentemente no tuvo en cuenta que se lo traerían y ante la broma fallida, se lo comió. Perdió sus anteojos en el baño cuando fue a vomitar.
Varias veces tuvo problemas con los jefes y también con algunos clientes porque estaba tan acostumbrado a bromear que en ocasiones se pasaba de listo, pero el era así, había que tomarlo o dejarlo.
Liborio era para todos, compañeros, amistades y parientes “el alma de la fiesta”. Cuando había alguna reunión o agasajo era el primer invitado e irremediablemente la fiesta era un éxito. Chistes al por mayor, disfraces, imitaciones. En esa época no se decía “stand-up” pero también hacía monólogos donde nadie paraba de reír.
Pero yo sabía o mejor dicho presumía que su vida privada no era tan graciosa, viudo y sin hijos ya en edad en que muchos disfrutan de los nietos, casi sin familiares y curiosamente sin ningún amigo íntimo; amigo de todos pero confidente de nadie. Por supuesto, ser tan gracioso le costó no ser tomado seriamente por nadie. Pero nunca dijo nada, siempre aportaba buena onda, risas y gracias, como un payaso pero sin la cara pintada.
Un frío día del año 1986, cuando todos lo esperaban para seguir los festejos de Argentina campeón del mundo de fútbol, falló por primera vez a un evento, durante un rato todos decían que faltaba el alma de la fiesta, pero nos las arreglamos para festejar sin él.
Al día siguiente nos enteramos que le había fallado el corazón, ya no contaríamos con su alegría ni con sus gracias.
Liborio desde la eternidad jura que su alma estaba en la fiesta, mas tuvo la sensación, por primera vez, que nadie se dio cuenta.

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