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El rojo corazón salteño, un viaje por los Valles Calchaquíes.

valles calchaquiesUn viaje por los Valles Calchaquíes salteños haciendo base en Seclantás, para visitar las extrañas Cuevas de Acsibi y la laguna Brealito, dos parajes solitarios a los que se accede en camioneta y a pie. En el eje de la Ruta Nacional 40, una visita al pueblito de Molinos, con su reposado ambiente colonial.

El principal circuito de viaje en Salta es el de los Valles Calchaquíes, que se suelen recorrer en uno o dos días partiendo desde la capital provincial, para dormir una noche en Cachi y otra en Cafayate.

El viaje es espectacular, pero la región merece ser recorrida con más calma y espíritu explorador, saliéndose de las rutas en busca de parajes solitarios donde los caprichos de la naturaleza crean cuadros surrealistas como las Cuevas de Acsibi y la laguna Brealito. Además, en estos valles hay pueblitos con asombrosos perfiles coloniales, como Molinos y Chicoana, que a veces se pasan por alto o se visitan en un rato porque se cree que “ahí no hay nada”.

Pero la calma extrema y el silencio absoluto de esos pueblitos en la noche –sin nadie en las calles– son algo sustancioso también, además de la idiosincrasia de una gente cuya vida reposada parece estar a años luz del caos de nuestras ciudades. La cosmovisión de esas personas es, naturalmente, muy distinta de la nuestra.
Para sumergirse en ese mundo proponemos aquí un itinerario por los Valles Calchaquíes salteños que incluya una parada en el pueblito de Seclantás. Y salir a explorar sus alrededores y poblados vecinos con todo el tiempo del mundo, “bajando varios cambios”, para absorber por unos días parte de la idiosincrasia vallista en armonía con el ritmo de vida de unas personas que, a simple vista, parecen desconocer qué es la palabra estrés.

El misterio de la laguna Brealito, semioculta entre las inmensas montañas salteñas.

EL VIAJE Partimos en auto desde la ciudad de Salta por la RP68, para tomar luego la 33 con rumbo oeste por el Valle de Lerma. Juan, el chofer, nos ofrece un “chicle ecológico” para evitar el apunamiento, unas hojas de coca con las que se hace un acullico que se masca por largo rato. Y cuenta que una vez un periodista lo vio meterse las hojas de coca en la boca y lo miró por largo rato, con preocupación. Hasta que se atrevió y le preguntó: “¿Vos podés manejar bien así?”. A lo que Juan le respondió: “Cuando lleguemos a los viñedos no te voy a dejar comer uvas, porque si no te vas a machar”.

Todos masticamos las hojas de coca sin desconfianza, y a los 40 kilómetros nos desviamos a la izquierda por un camino que lleva hacia Chicoana, un calmo pueblito de casas bajas alrededor de una plaza central. El ambiente antiguo de Chicoana es muy uniforme, y por eso Lucas Demare filmó aquí su clásico La Guerra Gaucha, en 1941. Este pueblo es considerado la Capital Nacional del Tamal, ya que por todos lados se vende esta rica comida hervida en hojas de chala rellenas con harina de maíz, charqui y carnes de vaca o de cerdo.

De regreso en la ruta 33, dejamos atrás el Valle de Lerma para entrar en la Quebrada de Escoipe por un túnel selvático de la yunga. Esta selva de altura es una maraña vegetal de epífitas, lianas, helechos, bromelias y altos árboles que se amontonan aquí porque las nubes se estacionan sobre los cerros descargando su humedad. Pero la selva desaparece en apenas 10 kilómetros y el paisaje cambia otra vez a cerros cubiertos con una suerte de “terciopelo” verde desde el pie hasta la cima, con cardones de brazos extendidos como candelabros.

El asfalto se termina casi al mismo tiempo que la selva y cruzamos el arroyo Infiernillo, que pasa sobre la misma ruta y a veces, en verano, la corta durante algunas horas. Es muy difícil pavimentar en esta zona, porque en verano llueve todos los días y los ríos bajan de la montaña “pecheando el camino”.

Siempre con rumbo hacia el oeste, subimos la Cuesta del Obispo, una de las rutas panorámicas más espectaculares del país. La ruta serpentea por la montaña desde los 1900 metros sobre el nivel del mar hasta los 2470 de la Piedra del Molino, el punto más alto, ya dentro del Parque Nacional Los Cardones. Allí nos detenemos un rato y vemos un cóndor desaparecer dentro de una nube.

Al comenzar la bajada reaparece el asfalto y se ven en la lejanía algunos caseríos con una capilla solitaria. A los pocos kilómetros doblamos a la izquierda en el Camino de los Colorados, por la RP42, para llegar a Seclantás e instalarnos en la hostería de la finca Monte Nieva, una de las dos que hay en el pueblo.
A diferencia de Cayafate y Cachi, Seclantás no es un pueblo que viva del turismo, lo cual es parte de su encanto, ya que no hay carteles y casi no se ve gente por la calle. A la hora de la siesta el pueblo parece literalmente deshabitado. Sólo pasan, cada tanto, hombres a caballo.

Seclantás tiene 900 habitantes, calles empedradas, una hermosa iglesia sin cura levantada en 1830 y numerosas casas con cierta influencia morisca, ya que en el pasado se asentaron aquí muchos inmigrantes árabes. Esas casas tienen en algunos casos arcos ojivales y grandes patios internos de planta cuadrada alrededor de los cuales se disponen los cuartos a la sombra de las galerías. Todas las casas son de adobe y techo de caña, construidas en el siglo XIX. La casa de la familia Erazú, por ejemplo, tiene 200 años. Otra tiene escrito en el dintel “Año del Señor 1737”.

Como la mayoría de los pueblos de la región, Seclantás surgió de un núcleo de españoles instalados aquí para buscar agua, al abrigo de una montaña alrededor del año 1710. El casco urbano surgió rodeando su hermosa Plaza de la Junta, donde se juntaron los gauchos de los Valles Calchaquíes antes de ir a pelear junto con los generales Belgrano y Güemes.

Por la tarde salimos a recorrer el Camino del Artesano Calchaquí, especializado en tejidos en telar, que va hasta el pueblo de El Colte. Los talleres están al aire libre bajo un techo sostenido por un palo, y varias de sus casas son ranchos de adobe decorados al frente con curiosas columnas griegas. Su especialidad son los ponchos, las chalinas y las mantas.


CUEVAS DE ACSIBI. A la mañana siguiente partimos con el guía de la Finca Monte Nieva, Fido Abán, en una camioneta 4x4 en busca de las Cuevas de Acsibi, la excursión más importante que se hace desde Seclantás. Se trata de un circuito poco conocido, original y sumamente extraño, que combina una parte en camioneta 4x4 y otra haciendo trekking por paisajes dignos de otro planeta.

La camioneta parte desde la finca Monte Nieva para avanzar sobre el cauce seco de un río de lluvia en medio de una amplia quebrada (el verano es la temporada de lluvias). Avanzamos despacio, río arriba, calculando metro a metro las maniobras de la camioneta para evitar las piedras más grandes. A los costados crecen algarrobos achaparrados y la quebrada se convierte en un cañón de paredes sedimentarias que encajonan el viento. Luego de recorrer 16 kilómetros, comenzamos a caminar.

Sobre las laderas de los cerros se levantan cardones de hasta 12 metros y a la media hora de caminata ingresamos al Cañón de Acsibi, con sus paredes rojas de 100 metros que se van angostando como si nos fuesen a aplastar. En este arenoso cañón el río tiene agua todo el año y hay cuatro pequeñas cascadas cuyos “escalones” debemos trepar por un costado sin mojarnos.

En las mañanas de invierno las cascadas se congelan, al igual que el agua en el suelo. La vegetación se reduce a unos arbustos de cortadera y chilca, mientras aparecen unas extrañísimas paredes rojas cubiertas por una suerte de almohadillado de arcilla enclavado en la montaña, que data de cuando todo esto fue el fondo de un lago.
 
El cañón se angosta cada vez más hasta cerrarse, pero dejando un pequeño túnel que cruzamos en cuchillas, y luego se abre en una nueva quebradita. El lugar es de una sugestión absoluta, un laberinto natural de arenisca tallado por el curso del agua. Unos metros más adelante ya no se puede avanzar más y el cañón termina en una cueva de formas onduladas con una cascada interior. Más que una cascada es un chorro de agua que brota misterioso de una pared de la cueva, donde la roca sedimentaria parece formar la cabeza de un pájaro colgando del techo patas para arriba. En la entrada hay una roca gigante que parece haber caído para quedar precariamente atascada a unos metros del suelo: un paisaje entre surrealista y gaudiano, sin duda uno de los más exóticos del país.


LAGUNA BREALITO A la mañana del segundo día en Seclantás partimos en vehículo para hacer un trekking hasta el Corral de Piedra, a 18 kilómetros del pueblo. Un angosto camino de tierra por donde no pasa nadie se interna entre las montañas y Fido detiene la camioneta junto a un algarrobo para empezar a caminar.

Vamos por un sendero entre cardones de 10 metros de altura y aparece una apacheta, una acumulación de piedras ritual que hacen los caminantes como ofrenda a la Pachamama. Fido explica que en la zona de Seclantás no hay latifundistas sino minifundistas sin gran poder económico, que tienen una relación más directa con la tierra. Por eso la espiritualidad indígena es muy fuerte aquí todavía.

Durante la caminata aparecen burritos salvajes y vemos en la cima de un cerro a una señora con un bastón cuidando sus cabras. “Es doña Lucrecia, que vive con su marido, Estanislao, en un rancho del otro lado del cerro, y que como han perdido sus documentos no saben su edad, pero tendrían alrededor de 100 años”, explica Fido con un dejo de asombro, agregando que a veces encuentra a alguno de los ancianos trepado a un árbol agarrando plantas parásitas para alimentar a sus cabras.

Más adelante nos encontramos con un sendero con restos de pircas de piedra a los costados, de antigüedad incalculable. Se cree que lo abrieron los cacán, la cultura aborigen local conquistada por los incas. Ese camino lleva a Cachi después de unos 40 kilómetros, uniendo diferentes comunidades aisladas en la montaña, y está en uso continuo desde hace siglos. Hoy lo utilizan los niños que viven en la montaña para ir a la escuela.

Con el Nevado de Cachi de fondo, llegamos a la laguna Brealito, donde se alimentan parejas de flamencos en escala migratoria. Trepamos un poco por unas piedras gigantes, algunas cuadrangulares con ángulos rectos perfectos, que parecen los restos de un derrumbe descomunal. A un lado hay un alero con un antiguo centro ceremonial indígena y pinturas rupestres en la pared, donde se ven figuras antropomorfas y varias caravanas de llamas con un aborigen al frente. Fido nos convoca para hacerle una sentida ofrenda a la Pachamama, y en un hoyo en el suelo coloca hojas de coca y chorritos de vino, agradeciendo por las lluvias y la abundancia de trabajo.

Por la tarde regresamos a la finca a descansar un rato, para salir más tarde hacia Molinos, a 20 kilómetros por la Ruta 40, que es quizás el pueblo de los valles que mejor mantiene su sereno aspecto colonial. Aquí también está la opción de quedarse unos días en una hostería, haciendo salidas cortas y tranquilas hacia otros pueblitos como Colomé, Amaicha y Tacuil.

El Centro de Interpretación de Molinos, en la Casa Histórica de Indalecio Gómez, es el punto de partida para diferentes circuitos a pie. Una de las salas del centro está dedicada al lugareño Indalecio Gómez, coautor de la ley Sáenz Peña, que instauró el voto secreto y obligatorio. Una de las caminatas que parten desde allí es a la Reserva Municipal Río Molinos, que bordea el río para observar aves autóctonas como loros barranqueros, chiricotes y chimangos. Un trekking más exigente es el ascenso al cerro Overo, en tanto con una simple caminata de media hora se llega a un criadero de vicuñas dentro de la Finca Entre Ríos, creada en 1870.

Desde Seclantás Fido Abán organiza también caminatas a la Laguna Encantada, al Cráter de los Cóndores y al Valle Escondido, nombres que prometen venturosas sorpresas. Pero es hora de partir hacia otros valles, hacia otras inmensidades, en una provincia por cierto bastante chica para las proporciones de la Argentina, que se suele visitar en dos o tres días, pero donde es posible pasar semanas sin encontrar monotonía en los paisajes.

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