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Argentina multicultural, una sociedad forjada sobre la base de migraciones.


La humanidad se forjó sobre la base de migraciones. Las hubo en forma masiva y también en pequeños grupos, forzadas o motivadas por el deseo de prosperar.


Muchas de estas historias se funden con el nacimiento de la Argentina, con experiencias en todas las regiones. España y luego Italia grabaron su impronta a fuego en nuestro país, y es por eso que difícilmente se vea como algo exótico o pintoresco a aquellos pueblos que fundaron inmigrantes de esos países.


En esta nota recogemos algunos otros casos de colonización exitosos -dos alemanes, uno suizo y otro galés-, más pequeños y dirigidos, que se mantuvieron a lo largo de las décadas y hoy han devenido atractivos y ascendentes circuitos turísticos.
n Del Volga al Paraná
Se conoce como alemanes del Volga a aquellas familias que emigraron de Alemania a Rusia hacia fines del siglo XVIII. Fueron atraídos por la emperatriz Catalina II, la Grande, que en 1763 hizo un llamado oficial a los extranjeros que tuvieran deseos de colonizar Rusia, asegurándoles franquicias tributarias y la liberación del servicio militar. Estas comunidades prosperaron hasta que en 1860 el zar Alejandro II cambió las reglas y los obligó a prestar servicio militar, provocando que los alemanes del Volga buscaran nuevos horizontes. El éxodo se orientó hacia América. Estados Unidos y Canadá fueron países elegidos, mientras que muchos también emigraron al sur de Brasil, desde donde luego iniciaron negociaciones con el Gobierno argentino que tenía entonces como presidente a Nicolás Avellaneda y como ministro del Interior a Bernardo de Irigoyen. Hubo acuerdo y los alemanes prometieron unos 50 mil colonos a cambio de tierras para producir trigo, vías cómodas para exportar, exención del servicio militar, libertad de culto y la instalación de escuelas alemanas. En 1878 llegaron los primeros 1.100 alemanes del Volga para fundar en Entre Ríos, a orillas del río Paraná, colonias agrícolas casi cerradas con nombres como Marienthal, Marienfeld, Köhler y Pfeifer. Otro grupo se dirigió al sur de Buenos Aires, cerca de Coronel Suárez. La inmigración de ruso-alemanes a la Argentina se mantuvo hasta la Primera Guerra Mundial y también abarcó provincias como Córdoba, La Pampa, Chaco y Formosa.
En la actualidad, el conjunto de aldeas alemanas forma un triángulo en el mapa de Entre Ríos, con vértices en las ciudades de Paraná, Crespo y Diamante. La corta distancia entre unos doce poblados dio lugar a un circuito turístico por las aldeas que se suele recorrer en uno o dos días.
Una de las más buscadas por los curiosos es la Aldea Protestante, que lleva ese nombre justamente porque sus habitantes profesan la religión evangélica desde su fundación en 1889. Se encuentra a 10 kilómetros de Diamante y se accede por la Ruta 11. Muchos viajan hasta allí para disfrutar de exquisiteces artesanales como alfajores, dulces y tortas alemanas o comprar productos hechos en cuero. La Volksmusik, música tradicional alemana, es otra de las pasiones locales.
Aldea Valle María fue la sede administrativa en la etapa fundacional de las aldeas. Entre sus atractivos culturales destaca la iglesia cuyo altar ostenta de fondo un mural pintado por la artista entrerriana Amanda Mayor. En un plácido entorno campestre allí se pueden adquirir prendas de angora o disfrutar del balneario municipal a orillas del Paraná. Se ubica a 35 kilómetros de la ciudad de Paraná, sobre la Ruta 11.
Pese a que cuenta con pocos habitantes, la Aldea San Francisco posee uno de los mayores atractivos del circuito: el cementerio y sus monumentales tumbas construidas a principio del siglo XIX. A su vez, el contiguo Pueblo Alvear es el sitio desde el cual salió parte de la producción triguera de la colonización. A 5 kilómetros de Valle María y a unos 40 kilómetros de Paraná, ambas localidades se encuentran a orillas del Paraná y poseen pintorescas cabañas y bungalows abiertos al turismo.
Spatzenckutter es el nombre de otra de las aldeas. La palabra proviene de la unión de vocablos alemanes y significa «jolgorio de gorriones». Allí se ubica el cementerio más antiguo de las aldeas, cuya atracción son las cruces de hierro artísticamente trabajadas. Fue el lugar donde funcionó el primer juzgado de paz. Ofrece además paradores donde adquirir productos regionales y artesanías. Se encuentra a mitad de camino entre Diamante y Paraná, por la Ruta Provincial 11.
Aldea Salto se denomina así por estar emplazada en la proximidad de un arroyo con cascadas. Se presenta como un espacio perfecto para hacer vida de campo y descansar, o tomarse un tiempo para realizar un paseo en carro por caminos de tierra.
Aldea Brasilera es la más joven de todo el circuito. Fue fundada por inmigrantes alemanes del Volga que previo a su llegada a Entre Ríos estuvieron de paso por Brasil. La propuesta turística aquí incluye la visita a la Iglesia San José, de estilo gótico alemán, y la degustación de picadas y comidas caseras tradicionales en el Comedor Munich. La Aldea Brasilera se encuentra a 17 kilómetros de Paraná, por la Ruta 11.
Grapschental, San Rafael, Santa Rosa y San Miguel son otras aldeas que completan el circuito, en la región de Colonia Alvear. Son de pequeñas dimensiones y características por su geografía de lomadas y un paisaje siempre poblado por trabajadores rurales.
n La aventura galesa
La experiencia de los colonos galeses en la Patagonia argentina es una de esas historias dignas de la pantalla grande. Un puñado de ellos desembarcó el 28 de julio de 1865 tras cruzar el océano a bordo del ya mítico velero Mimosa. El capitán Love Jones Parry -el barón de Madryn-, el tipógrafo Lewis Jones y el reverendo metodista Abraham Matthews fueron líderes de esta avanzada. Tocaron tierra cerca de la desembocadura del río Chubut y pronto trabaron una pacífica relación con los tehuelches. Huían de la opresión de la corona británica y tal vez fue esa condición de víctimas la que los guió en una relación pacífica y de alianza con los pobladores originarios de la Patagonia.
Transcurrido casi un siglo y medio desde que David Roberts fundó Gaiman en 1874, las mismas familias mantienen la tradición galesa intacta, preservando la lengua, el culto y la cultura de los coros. Hoy Gaiman es la colonia galesa mejor preservada en todo el mundo.
Aquellos que visitan esta región del centro este de la provincia de Chubut encontrarán un pintoresco circuito que, a través del valle del río Chubut, une un puñado de ciudades y tiene a Gaiman como el centro de la colectividad galesa, acompañada por Dolavon, 28 de Julio y, más lejos y masificadas, Trelew y Rawson.
Una ruta por la zona lleva por unas 16 capillas de estilo neogótico y neoclásico y opciones de histórico y cultural. Claro que las estrellas de Gaiman son sus seis casas de té, donde se puede disfrutar de la famosa torta galesa, esa que bien conservada puede durar décadas sin perder sus propiedades. Cardiff es la casa de té conocida, famosa por la tetera gigante con la bandera de Gales que tiene en sus jardines y por haber recibido la visita de Lady Diana, princesa de Gales, en noviembre de 1995.
El agroturismo es otro de los fuertes de Gaiman y alrededores, donde se ubican varias chacras que cultivan frutas finas, tienen producciones orgánicas y crían ovejas. También son recomendables el Museo Regional Galés, en la antigua estación del Ferrocarril Nacional Patagónico; el Museo Antropológico; la Primera Casa de la región; el Parque El Desafío, en la vera del río Chubut; y el Parque Paleontológico Bryn Gwyn, en Loma Blanca, a 10 km de Gaiman.
n Una villa alemana
El cordobés valle de Calamuchita es uno de los sitios más populares de turismo en la Argentina, y Villa General Belgrano es el centro de esta bella zona serrana que agrupa a una decena de pueblos. La ciudad se caracteriza por su arquitectura de aldea alpina, de estilo centroeuropeo, y por las celebraciones y gastronomía propias de esa región, especialmente vinculada con la cultura alemana.
La Fiesta Nacional de la Masa Vienesa, en abril; la Fiesta del Chocolate Alpino, en julio; y la Fiesta Nacional de la Cerveza, en octubre, son tres eventos muy celebrados por el turismo. De hecho el Oktoberfest cordobés tiene fama de ser el tercero más grande del mundo, detrás de Múnich y Blumenau, Brasil.
La llegada de alemanes a la zona se remonta a 1929, con el arribo de Paul Friedrich Heintze que instaló una cooperativa agrícola asociado con Jorge Kappuhn. Luego los terrenos se lotean a colonos de origen alemán. Un hecho sobresaliente fue sin dudas la llegada, en 1940, de un grupo de 125 marineros provenientes del acorazado alemán Admiral Graf Spee, hundido en la costa de Montevideo.
Disfrutar de una buena cerveza artesanal, de la pastelería y la chocolatería son prioridades en Villa General Belgrano. A su vez, durante el verano, se imponen las excursiones por los alrededores del valle de Calamuchita, para disfrutar de las sierras y la frescura de los ríos. Algunas de las opciones más elegidas son Los Reartes, que posee un balneario y una antigua iglesia; Villa Berna; la Villa Alpina, al pie del cerro Champaquí; Atos Pampa y Santa Rosa de Calamuchita.
Un paseo imperdible es La Cumbrecita, que amerita más de un día para disfrutar de este pueblo peatonal (los vehículos quedan estacionados en el ingreso) ubicado a 1.450 metros sobre el nivel del mar, que fue fundado sobre 500 hectáreas por el alemán Helmut Cabjolsky en 1934.
n La pequeña Suiza
Pocas villas de montaña reúnen la belleza de Colonia Suiza, a 25 kilómetros de San Carlos de Bariloche, en la patagónica provincia de Río Negro. Adornado con casitas de madera dignas de cuentos de hadas, es un lugar especial para los amantes de las caminatas, el montañismo o las cabalgatas, ya que se ubica al pie del cerro López y en un área repleta de senderos. Se suele andar hasta la laguna Negra, el cerro López y el refugio Jakob.
Una de las especialidades de la Colonia Suiza rionegrina es el curanto («piedras calientes» en lengua araucana), que consiste en la preparación de carnes y verduras bajo tierra, cocidas por el calor de cantos rodados. El domingo es el día especialmente dedicado al curanto y cientos de turistas viajan hasta la colonia para saborear este plato adaptado por los inmigrantes suizos sobre tradiciones que se remontan a las costumbres de aborígenes de Nueva Zelanda. La experiencia dominguera se suele completar con la visita a una casa de té, donde se puede disfrutar del tradicional strudel o diferentes tartas con frutos del bosque.
El nacimiento de esta aldea que replica el paisaje de los Alpes data de fines del siglo XIX, con la llegada de Félix, Camilo y María Goye, hermanos provenientes de Valais, el cantón francés de Suiza, que habían pasado previamente por Chile. A partir de 1900 se asentaron otras familias, como los Cretton, los Mermoud y los Neu. Cultivaron granos y cerezas, ciruelas, duraznos, manzanas y peras. Los dulces a base de estos frutos son otra de las especialidades locales.
Además de disfrutar de la gastronomía y el trekking, hay otras opciones atractivas en la colonia. Una de ellas es el museo local, atendido por Elena Goye, donde se exhiben los elementos originales que utilizaron los colonos para la labranza entre otros objetos de principios del siglo XX. El vivero Meli Hué es otro sitio recomendable. Allí se cultiva lavanda y se fabrican artesanalmente perfumes y jabones.

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