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Ofrenda a la Pachamama, fiesta en San Antonio de los Cobres.

pachamamaCrónica de un viaje a San Antonio de los Cobres, en la Puna salteña, para participar de los festejos por el mes de la Madre Tierra. Ritos y costumbres de una celebración ancestral que se vive con la intensidad y fuerza de un sentimiento intacto, a pesar del paso de los siglos y las civilizaciones.“Hoy me pongo muy sentimental porque yo la quiero mucho a la Pachamama.

Me emociono. Para mí la Pachamama es todo”, confiesa Siméon Choque, o simplemente “El Perro”, como lo conocen todos por aquí, en San Antonio de los Cobres. El hombre pasó la noche en vela entre coplas y vinos, preparando el locro típico con el que agasajó a una treintena de invitados para el inicio de la Fiesta Nacional de la Pachamama, que arrancó el 4 de agosto en este pueblo enclavado en el corazón de la puna salteña, a 3500 metros de altura. En Salta, los festejos en honor a la Madre Tierra se extienden hasta el 31 de agosto, día de la ceremonia final en Tolar Grande, otro poblado aún más lejano y apartado de este desierto infinito y de inhóspita belleza, a las puertas del cielo siempre diáfano de estas latitudes.

PREPARATIVOS EN LAS NUBES Hasta San Antonio de los Cobres llegamos, un día antes de la ceremonia, luego de un largo y apacible viaje a bordo del Tren de las Nubes, que demora ocho horas en llegar hasta aquí. El recorrido es una obra maestra de la ingeniería de principios del siglo pasado y atraviesa paisajes alucinantes, de los valles y quebradas a la Puna profunda.

Al llegar, un viento feroz sacude la modorra producida por el lento traqueteo y los efectos de la altura, que se combaten mascando o tomado té de coca, una costumbre largamente enraizada en los pueblos andinos, para los que esta hoja es sagrada.

En los alrededores de la estación, un puñado de pobladores ofrece sus artesanías a los quinientos turistas que bajan del tren y que visitarán el pueblo en escasos veinte minutos, para regresar inmediatamente a bordo del convoy a la ciudad de Salta.

Nosotros pasaremos la noche aquí, a la espera de las ofrendas que se harán al día siguiente en este mismo lugar, al lado de las vías del tren que transita uno de los rieles más altos del mundo. Antes de que se haga de noche visitamos a doña Bernardita, que vive en una casa de adobe con sus hijos, su nietita Carmen, sus cabras y sus llamas. Anatolio Tolaba, el primogénito, tiene 25 años.

Cuando llegamos no estaba: se había ido en busca de dos de sus cinco llamas, que accidentalmente escaparon. Doña Bernardita está preocupada, no sabe qué será de ellas.
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Cada vez que el tren llega al pueblo, dos veces por semana, Anatolio y su hermano Eusebio caminan con las llamas hasta la estación, donde los turistas se sacan fotos con los animales por cinco pesos. Pero Anatolio, de ahora en adelante, usará sus llamas para hacer paseos alrededor del pueblo con los visitantes que, en vez de retornar con el tren, se queden en San Antonio. La iniciativa es parte del Fondo Ciudadano de Desarrollo Cultural promovido por el gobierno salteño. Anatolio, ayudado por los funcionarios de cultura locales, envió su proyecto y resultó uno de los elegidos. Se le otorgaron 15.000 pesos para llevarlo adelante: con ese dinero, el joven está construyendo un nuevo corral y comprando alfalfa para alimentar a sus animales, al mismo tiempo que aumenta su ilusión de vivir dignamente del turismo y no tener que migrar hacia otro destino.

Más tarde vamos hasta la casa de Pedro Ramón Lázaro, más conocido como Pedrito. “La Pacha es un sentimiento”, asegura en la puerta de su hogar en el barrio de Toconadito. “Ella nos da todo el año, y nosotros deberíamos darle de comer todo el año también. Pero agosto es especial, es el mes en que estamos removiendo la tierra y pedimos permiso para la siembra”, explica el hombre, un referente comunal que también venera a San Cayetano.

El sincretismo en el Noroeste es así, aquí nadie se cuestiona si la Pachamama o el santo, si las creencias milenarias o el cristianismo. A todos se agradece, a todos se pide.
El sol ya bajó y hace un frío imposible. Pedrito cuenta cómo son los preparativos para homenajear a la Pacha. Explica que se hace un hoyo en la tierra, se santigua con coca y alcohol, y luego se sahúma con la chacha, una planta que –asegura– es “especial”, por su fuerte aroma. Luego se vierte la chicha y se le ofrece el piri, una comida hecha especialmente en base a sebo de llama, y la tistincha, otro alimento especial. Al final, señala, hay que ponerse el yoki, una pulsera de hilo que funciona como amuleto. “El yoki se hila al revés, de izquierda a derecha. Nos sirve como protección. El 31 se saca, se le echa alcohol y se lo quema. Eso es tener fe.”
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Una vez que termina “el convido”, Pedrito explica que ya tienen derecho a decirle a la “santa tierra” que ya cumplieron, y pueden pedirle por las riquezas, por los hijos, por el trabajo. Piden al “Tata Inti”, el Sol, a mamá Luna y a los cerros. “Desde los picos más altos, donde ellos ven todo, bajan los ríos para que las llanuras tengan agua y podamos sembrar. Pedimos que no se hiele, que no caiga piedra, que no se eche a perder la siembra. Pedimos por nuestros hermanos pastores y también por la minería, porque todos los días le estamos sacando un pedazo de su manto para mantener nuestros hogares.”

Ya de noche, con temperaturas bajo cero, vamos hasta la casa de Olga, quien colabora cocinando la tistincha, una ofrenda que se prepara especialmente para el rito de la Pachamama. La tistincha es una comida hecha con maíz mazorca, papas andinas, carne de cordero o de llama. “Tiene que hervir toda la noche”, apunta Olga, mientras revuelve la olla humeante.

¡JALLALA! Ahora, a media mañana, el sol arde en el patio de la casa del Perro, mientras los visitantes hacen fila para probar el locro “pulsudo” (suculento). Si uno busca una sombra reparadora, el frío se hace sentir. Así es la Puna, áspera, árida y dura. Nada que ver con su gente, amable, hospitalaria y sensible.
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El locro está exquisito. Entre copla y copla, El Perro revela la receta y asegura que nadie le enseñó, que aprendió observando. “Soy muy curioso”, dice, y entona unos versos que compuso por la noche, cuando vigilaba y engrosaba esta exquisitez a base de maíz, carne, zapallo, cuerito de chancho, más un caldito de verduras y ají molido como únicos condimentos. A la hora de servirlo, le agrega un poco de cebolla de verdeo.

Se acerca el mediodía y, como si el locro con el que nos agasajó este hombre fuera poco, espera un almuerzo en el mercado de artesanías. Por allí anda Miguel Siarez, cacique de la comunidad Collas Unidos. Dice el máximo referente comunal: “Para nosotros es un orgullo festejar la Fiesta Nacional de la Pachamama. Esto es cultura milenaria transmitida de generación en generación, y la Comunidad Colla de San Antonio de los Cobres la mantiene intacta en su sentimiento de fe. Es un momento de reflexión, sabemos que nuestra Pachamama nos da la vida, nos da el trabajo”, reflexiona. Y continúa: “El fruto de nuestra Madre Tierra es lo que hoy compartimos, la comida, la bebida. Debemos estar orgullosos y agradecer. Para el mundo andino y especialmente para las comunidades collas, la Pachamama es sagrada, y hoy es un día especial”.

Terminado el almuerzo, vamos hacia la estación de tren, donde año tras año se abre el hoyo para alimentar a la Pacha. Allí están ya el cacique y Simeón, arrodillados frente a las fauces de la tierra. A su lado, Teófila Gutiérrez mantiene encendida la chacha, el sahúmo que larga un humo blanco, espeso y aromático. Las ofrendas están listas y dispuestas alrededor del hoyo. Hojas de coca, vino, cerveza y otras bebidas alcohólicas, comidas varias, como la tistincha, empanadas, choclos, tortillas.

Simeón, El Perro, explica el significado de la ceremonia, pide permiso a la Pacha y procede a hacer su ofrenda. ¡Jallalla Jallalla, Cusillla Cusilla!, exclama, y la gente repite. Estos vocablos en quechua pueden traducirse como “alegría y salud”, una especie de brindis para la madre tierra, una suerte de rezo, un mantra andino que se repetirá a lo largo de la ceremonia.

Con ambas manos, Simeón toma unas hojas de coca, las huele, aspira profundamente, pide sus deseos y agradece en silencio, para enseguida dejar caer lentamente la hoja sagrada en el pozo. Enseguida derrama la chicha contenida en un cuenco cerámico, el vino, la cerveza, enciende un par de cigarrillos y los deja a un lado del hoyo, y por último ofrenda la comida. Le siguen en el ritual el cacique, el intendente del pueblo y Leopoldo Salva.

Después, pobladores y visitantes forman un fila para hacer su propia ofrenda, mientras grupos de música se alternan para dar rienda suelta a tinkus, sayas y carnavalitos. San Antonio es una fiesta. La gente baila y canta y brinda y se emociona hasta el anochecer. ¡Pachamama Pachamama, Jallalala Jallalla, Cusilla Cusillla!, retumba como un eco infinito en la Puna profunda.
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