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La sabiduría del hombre común.


Profesor de Geografía y de Educación Física, a sus casi 93 años es uno de los más reconocidos investigadores de nuestras costumbres. Desde su famoso Diccionario Folklórico editado allá por 1948, ha escrito más de cincuenta libros, referentes ineludibles para entender nuestras creencias, festejos y tradiciones.

El 23 de agosto va a cumplir 93 años. Félix Coluccio, el profesor de Geografía y de Educación Física, el folklorólogo, el padre de cuatro hijos, once veces abuelo y dos bisabuelo, todavía viaja en busca de mitos, leyendas, creencias populares, nuevas comprobaciones sobre la universalidad de la sabiduría del folklore. Su hija Marta y su yerno Conrado lo acompañan, lo cuidan, lo escuchan, lo siguen en sus explicaciones y agregan lo que su humildad no le permite contar. El investigador nacido en La Boca a principios del siglo pasado parece no cansarse jamás de hablar de lo que sabe. Es modesto, generoso, elegante con su pelo blanco, su boina, su bastón. De sus más de cincuenta libros, muchos todos están agotados. Ni él mismo tiene ejemplares de todos. Dice que el folklore es algo vivo, natural, que no se cultiva especialmente. Que está ahí. 


-¿Cómo se pasa de ser profesor de Geografía y de Educación Física a folklorólogo?
-Yo soy profesor de Geografía y de Educación Física, pero mi tarea especial se diversificó. Es que la rama más importante de mi pasión geográfica era estar en contacto con las comunidades geográficas, los puntos cercanos y lejanos del país que tuvieran una importancia humana, filosófica, que tuvieran algo de trascendencia. Empecé yendo de localidad en localidad, de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo y viviendo la realidad geográfica, la llanura, la montaña, la meseta, el desierto.
-¿Tuvo algún maestro?
-Sí. Mi gran maestro fue Augusto Raúl Cortazar. Éramos compañeros de estudios y culminamos siendo compañeros como profesores del Liceo Militar General San Martín, entre 1939 y 1963. Yo, de Geografía Humana y él, de Literatura americana, pero la literatura folklórica especialmente. La base que tengo se la debo a él, porque he vivido con él, con la familia, fui trabajando con él. Y la anécdota más rica que tengo es de cuando yo estaba preparando la primera edición del Diccionario Folklórico Argentino, una cosa increíble porque ni yo sé cómo fui a parar ahí. Aunque como profesor de Geografía había hecho el Vocabulario Geográfico, que publicó la Universidad de Tucumán y esto me hizo pensar que podía hacer algo parecido en Literatura. Y entonces, cuando Cortazar lo supo, me dijo "está muy bien, yo te voy a ayudar; lo que sí, no publiques nada hasta que yo lo vea". Y mi Diccionario Folklórico, antes de salir, fue revisado por él. Es una herencia espiritual que tengo... Esto fue por el año '50.
-Hay una calle que lleva su nombre, en Río Tercero. ¿Qué se siente al caminar por allí?
-Es en un barrio con calles que homenajean a gente importante del folklore -dice su hija Marta-, Dávalos, por ejemplo. "Ellos me llevaron", agrega Coluccio, con modestia. "Fue una idea del Consejo del pueblo, que decidió poner a todos los folkloristas importantes, hace como seis o siete años", interviene orgulloso Conrado, el yerno.
-¿Hay un renacer del folklore?
-No es que haya un renacer, porque el folklore nunca murió. Lo que pasa es que hace ya un tiempo se ha revitalizado solo, por la inquietud de muchos por la música, las leyendas...

-¿La música folklórica comercial tiene alguna relación con esto?
-No, no tiene que ver. El fenómeno musical comercial va por otro lado, es valioso, es un aporte, pero no es un objetivo a servir, a mantenerse. En cambio, las peñas sí son parte del folklore general y han resurgido. Y ahí se vuelve también, en alguna medida, a los estudios folklóricos.
-Usted tiene un trabajo sobre fauna y flora nativas, en el que hay información sobre el poder curativo de algunas plantas. Cómo interviene la medicina ancestral en lo folklórico?
-Eso es valiosísimo. En Brasil está desarrollado y sigue desarrollándose con toda la fuerza. Digo Brasil como digo Venezuela, Perú, Cuba. Esto lo sé no sólo por el contacto epistolar sino por el contacto humano, ya que he viajado a todos esos lugares. Es el pensamiento vivo del folklore. Y está vivo no porque lo cultiven especialmente. Eso es natural. Pasan los años, y a veces pasan hasta los siglos en muchos aspectos de la medicina folklórica, y todo eso se transmite por imitación, por adopción. En Brasil, por ejemplo, los curanderos son verdaderos sabios para tratar ciertas enfermedades; en enfermedades de tipo mental es difícil, pero son eficaces en dolencias de los miembros, de los músculos, del estómago, que en su mayor parte no son tratadas por la medicina científica, porque la gente no tiene mayor conocimiento de quién lo puede hacer, no tiene el alcance económico para pagar el médico.
- ¿Por qué se hace un culto popular en casos como el de Carlos Gardel?
- Justamente las muertes trágicas, el pueblo -el folk-, las siente profundamente, entonces lo expresa mediante canciones o leyendas que se van formando. A Gilda -caso que estuve estudiando últimamente-, a Gardel, la gente les reza, les pide milagros. A la estatua de Gardel en la Chacarita la visitan extranjeros que le prenden un cigarrillo, igual que la gente de acá. Después, hay figuras carismáticas como la Madre María, que también pasa al mundo folklórico con la creencia popular de que puede generar milagros. Y hay personas para las que después se cristaliza lo que han pedido. Pero se cristaliza porque el tiempo, las circunstancias, lo hacen. Entonces el hecho se le atribuye a ella.
- La mufa, algo en que casi todo el mundo cree, ¿en qué consiste? ¿Es un mito, una leyenda?
- No, no tiene categoría de leyenda sino de creencia popular. La mufa es el creer en un hecho social que consiste en la repetición de sucesos no felices a lo largo de la vida; la mala suerte, la mala pata, como le decimos nosotros. Nace de la vocación popular por expresarse de alguna manera y trasciende sin que nadie se lo proponga.
- Usted trabajó mucho en el folklore relacionado con los juegos infantiles.
- Yo le quiero decir que el folklore no es solamente esto que estuvimos conversando. Está el folklore de la alimentación, está el folklore de los juegos. El juego infantil es una cosa bullanguera, de alegría, y a veces también de terror, porque juegan al Diablo, a muchas leyendas que no son nada recomendables por la forma en que transcurren, con muertes, asesinatos... Tengo un ejemplo personal sobre la universalidad de hechos folklóricos: mi madre me contaba, de chico, cuentos de Calabria que después, con el tiempo, fui encontrando en diferentes lugares de América. Sobre todo porque hay un gran aporte de los italianos que se instalaron en el país. Y mi madre me enseñaba un montón de juegos que no eran de acá. Viajando por América latina encontré en muchos lugares aquellos juegos europeos. El juego constituye uno de los elementos nacidos en el ámbito folklórico, en el ámbito popular.
- ¿A qué juegan los chicos que viven en el campo?
- Ya se han mixturado, como diría el paisano. Pero son los mismos juegos infantiles de los abuelos, como la mancha, las bolitas, los juegos que jugábamos nosotros. Hay un juego que es europeo, pero que acá agarró... y que debe subir al viento: el barrilete. Con todas las variantes; con la forma cuadrada, que es la más sencilla; la hexagonal, que es la más tradicional, la más perfecta. Hay una teoría que dice que el origen está en China, donde todavía hacen unos barriletes enormes.
- Se dice que usted es un experto en la cultura arequiana.
- Hay que leer Don Segundo Sombra y hay que ir a San Antonio de Areco, donde está la tradición popular casi más firme que tiene la Argentina sobre la cultura gauchesca. En San Antonio de Areco el hombre viste todavía con su ropa gaucha. Tiene como vehículo especial el caballo y no el automóvil -aunque tiene también automóvil-. Allí, ellos se asocian, se reúnen, y bueno, se transmiten todo lo que saben de la pampa, como las curaciones. Hay curanderos que curan tradicionalmente, que no han hecho la Facultad, no han estado con maestros, con doctores. Hemos estado ahí, y venimos dichosos de estar en contacto con eso. El libro Don Segundo Sombra, vale la pena que todos lo lean, porque de paso que se conoce una gran literatura, tiene la profundidad de los hechos folklóricos que todavía sobreviven en San Antonio de Areco. Y cuando digo San Antonio de Areco, digo Carmen de Areco, toda la órbita de la provincia de Buenos Aires, del resto del país, de una forma más intensa en un lugar, menos en otro. Entonces, Don Segundo vale la pena ser leído por eso, porque es un rescate de todas esas cosas. Y no porque Ricardo Güiraldes se lo haya puesto en la cabeza, sino porque escribió lo que veía, lo que tenía en las narices.

- Esto, más que mitos o leyendas, es la forma de vida cotidiana.
- Es la vivencia cotidiana. Se vive eso. También con la alimentación. En la pampa el asado, el asado con cuero. En el Noroeste, por ejemplo, allá en Salta, Jujuy, también está esto, pero hay otras comidas populares con las que ellos se abastecen cotidianamente. Y no van a ninguna institución para aprenderlo. Eso lo aprenden desde chicos. La galleta, que reemplaza al pan, en la Argentina es universal. Y en Uruguay también. Es una expresión de la vida pampeana, de la vida cotidiana de la zona.
- ¿Hay algo que usted no haya podido investigar?
- ¿Quiere que le diga una cosa? Yo me doy por satisfecho, feliz y contento por haber alcanzado todo lo que soñé. Porque yo me hice al lado de Cortazar. Me refiero a la amistad de él, a los viajes juntos... Y todo lo que me propuse, en el trabajo de investigación, me hace sentir del mismo modo. Y están los informantes: uno interroga a uno, al otro, conversa con el otro. Son personas comunes y recomunes. El hombre común vive de la vitalidad de los hechos humanos que perduran a través del tiempo, y de ese hombre común yo fui aprendiendo.
- ¿Cuál de todas esas tradiciones que usted conoció lo impresionó más?
- Siempre, el culto a la muerte. A San La Muerte, por ejemplo, lo tenemos nosotros en Argentina, Paraguay, Brasil, prácticamente en toda América. En México también tienen una adoración especial por la representación de la muerte.
- ¿Por qué la gente hace un culto a la muerte?
- La muerte es un hecho natural, pero es un hecho que la gente no termina de entender. Y sobre todo cuando le dicen que el espíritu del muerto prosigue en los descendientes, o en familiares lejanos, o que viene de orígenes remotos. En buena medida, cuando se hace un culto de algo es porque no se lo entiende bien. Pero de cualquier manera, hay una suerte general, no digo de temor, pero sí de reverencia, a un hecho que no se termina de entender bien.
- ¿Cuáles son los mitos más importantes, más trascendentes en la región pampeana?
- Primero hay que recordar al Noroeste, donde la Pachamama es la diosa de la muerte, la diosa de la vida, la Madre Tierra. Bueno, acá en la provincia de Buenos Aires y en toda la zona pampeana lo sintetizamos así, diciendo la Madre Tierra, pero no la asociamos con la Pachamama.
- Pero ¿hay un culto a la Madre Tierra en la pampa?
- Todas las creencias folklóricas son de culto a la Madre Tierra. Pero aquí no se hacen los ritos a la Pachamama. Es un sentimiento universal pero no hay dirigentes, no hay especialistas que divulguen características especiales de esta región o que intenten unificar la conciencia. Es una cosa que surge, entonces, por imitación, se transmite de persona a persona.
- ¿En qué cree especialmente la gente de esta región?
- Depende de la categoría social de la persona. Hay quienes hacen culto a los bandidos rurales, y bueno, es en zonas donde el elemento humano tiene una formación moral, intelectual, hecha a empujones, no sistemáticamente. Pero mayormente, saben que hay una curandera que cura los males, y los cura, no hay ninguna duda. Y eso es en todo el país. El curanderismo es universal. Todavía es fácil ver que para el dolor de cabeza se pone un pañuelo donde se han colocado cortes de cebolla, de ajo. Y usted no va a mostrar su superioridad diciendo "pero todavía cree en eso..." "Y sí, creo". Y la principal trascendencia del hecho folklórico es que la gente cree, se entrega a él, y éste forma parte de su vida familiar. Pero en la zona pampeana no es como en el Norte, donde todo es más tradicional. La pampa, ¿cuánto hace que está ocupada? Desde la expedición de Roca es que se empieza a poblar la pampa, cuando comienzan a llegar los inmigrantes. El inmigrante viene con su cuerpo, con su cabeza, pero viene también con sus creencias, viene con sus dioses. Y si bien cree en Jesucristo, o cree en la virgen María, incorpora creencias particulares con respecto a personas que han ayudado a curar, que han ayudado a desarrollarse, y que no lo han hecho movidos por intereses económicos sino que sienten eso, esa particularidad especial de transmitir lo que saben, como sucedió, por ejemplo, en el caso especial de la Madre María.
- Ella es de la región pampeana.
- Sí, de Salto, en la provincia de Buenos Aires. A la Madre María la conocí, yo vivía al lado de donde ella iba a predicar. Y todos los días hay gente que pone las manos ahí. Las creencias son así, son espirituales. Pero de una realidad que no tiene límites. Es chiquita, es grande la creencia, pero está. Y la Madre María -yo tendría diez años, vivíamos en la calle Mitre, en Lanús-, ella venía al lado de nuestra casa, donde una familia que era muy amiga suya le prestaba la casa para que diera charlas. Y venía la gente y formaba cola para hacer impostación de la mano: el que tenía mal de ojo, o el que tenía mal de estómago, o de la cabeza. Venía porque tenía la visión de que podía llegar a curarse. No es una cosa difícil de entender. Desde la más lejana antigüedad hubo seres que captaron a sus semejantes por una visión trascendente que el hombre común no tiene.
- Hay una necesidad de creer.
- Claro que sí. Así como hay una necesidad de amar, hay una necesidad de creer. Después, para algunos, hay otras necesidades, como la de odiar. Todas son facetas. Pero todas son del mismo origen. Todas nacen de la hondura del espíritu, del profundo espíritu, que se manifestó, se manifiesta y se manifestará a lo largo de los siglos.
- ¿A qué llama el "veneno del folklore"?
- Entre comillas, claro, eso lo decíamos con Cortazar. "Vos no te acerques a nosotros porque te vamos a inyectar el veneno folklórico". Pero no es veneno. Es vida. Es decir, para que sepas dónde estás parado.
-¿Qué es la identidad cultural? ¿Aquí la tenemos, pese a la mezcla?
- Sí, ya se ha fusionado bastante. La identidad cultural es tener principios que hacen a la cultura nacional, distribuida no en forma pareja pero sí bastante uniforme, en todo el país. Es decir, la identidad cultural es el idioma, por ejemplo, y está en ciertos juegos infantiles. La comida también hace a la identidad cultural, y la música.
-¿Hay algo que lo haya marcado como persona, en todos estos años, en sus viajes por el país?
Aprendí a respetar las relaciones tal como nos las cuentan. No modificarlas. Porque el pueblo lo formó así, y debe ser así. Aunque no nos guste. Porque el folklore no es moral ni nada de eso; tiene su característica propia. La tiene y se acabó, cualquiera sea ella.

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