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Nguillatún, el poder de una ceremonia.

Es un ritual esencial de los mapuches, que les sirve de orientación y permite a la comunidad revitalizarse año a año en su mundo de creencias. La rogativa comienza al amanecer con la cabalgata del jefe de la comunidad y sus hombres. Tres días dura esta ceremonia ancestral en la que pocos
"blancos" pueden participar.

Después de cientos de años, muchas ceremonias del mundo indígena viven y se reactualizan con una intensidad llamativa. La fuerza de la identidad de los pueblos originarios ha logrado que la cosmovisión milenaria se reinstale entre nosotros con renovadas energías.

Algunos ejemplos nos muestran la presencia de ese universo ceremonial que fortalece a los pueblos indígenas y que los vincula, desde estos valores, con la sociedad "blanca": el Año Nuevo que en Sudamérica se conmemora el 21 de junio, coincidente con el solsticio de invierno y que pone a los indios en contacto profundo con el Padre Sol -el llamado Intiq Raymin de las culturas andinas o el Wiñoy Xipantu de los mapuches-; la ceremonia de la Pacha Mama o Madre Tierra, el 1ª de agosto; muchos rituales vinculados con los actos de pasaje, como la horadación de las orejas en las niñas mapuches el Catán Cahuín o el Warachi Kuy de los kollas, en que se impone a los jóvenes su verdadero nombre en la lengua madre.

Es en este contexto que se enmarca el Nguillatún -rogativa- de los mapuches, una ancestral ceremonia que en Argentina ha encontrado, en los últimos años, un campo más que fértil para su crecimiento y expansión a distintas comunidades.

La gente de la tierra

El origen del pueblo mapuche se remonta a unos dos mil años, al oeste de la Cordillera de los Andes.

Buena parte de ellos comenzaron a migrar en tiempos prehispánicos hacia las llanuras del actual territorio argentino, habitadas entonces por los tehuelches, comunidades de cazadores nómades. Integrados por los picunches al norte, mapuches en el centro y huilliches al sur, fue el gran tronco mapuche (gente de la tierra) el que finalmente prevaleció abarcando a diferentes grupos.

Los conquistadores los denominaron araucanos, tomando el nombre de la región del Arauco que los indígenas ocupaban. Eran pastores y agricultores semisedentarios, cultivadores de maíz y papa, pero al llegar a la Pampa y la Patagonia hicieron suyas muchas prácticas de los tehuelches, incluyendo la incorporación del caballo, que modificó sustancialmente su cultura. Sin embargo, los mapuches terminaron impregnando culturalmente no sólo los territorios de Patagonia sino los de la Pampa central, influenciando y mestizando a las etnias autóctonas -tehuelches y pehuenches- y contribuyendo a la conformación de pueblos más recientes como los ranqueles.

Difundieron sus magníficas artes como la platería, el tejido, la cerámica y también su organización social y su lengua, el mapudungun -el habla de la tierra-. También trajeron consigo las machis (mujeres chamanas), los lonkos o caciques, y los toquis (jefes de guerra). Por supuesto llegaron con su cosmovisión y el complejo mundo ceremonial.

Mapuches del Neuquén.

Lo que hoy es la provincia del Neuquén fue clave para el pueblo mapuche, algo así como un territorio elegido para trasladarse desde Chile hacia la Argentina a través de los innumerables pasos cordilleranos.

Allí se concentró además -junto con importantes cacicazgos como el de Sayhueque, el Señor de las Manzanas- una gran producción artesanal que perdura en nuestros días. Hacia fines de 1999 se me propuso participar en la elaboración de un libro sobre el arte de las comunidades mapuches del Neuquén. La idea era dar una visión diferente de las culturas originarias y sus descendientes actuales a partir de su arte, tanto el del pasado como el de nuestros días. Esta mirada permitiría ahondar en aspectos habitualmente no tratados de las culturas indígenas contemporáneas -al menos en nuestro país-, como sí sucede con las culturas arqueológicas. Esta perspectiva posibilitaría, además, la revalorización de los indígenas, ahondando y difundiendo aspectos de su cultura poco conocidos por nuestra sociedad.

Fue así como llegamos al Neuquén hace cuatro años, para concretar el proyecto. Recorrimos para ello miles de kilómetros, visitamos decenas de comunidades, y pudimos apreciar, como en otros lugares de la Argentina, que los aborígenes no escapaban allí a las generales de la ley: una historia de exterminio y exclusión; temas recurrentes como la lucha por la propiedad de la tierra, la discriminación, las carencias sanitarias, la necesidad de una educación que contemple sus propias características y el respeto por sus tradiciones.

Y si bien observamos la pérdida de elementos clave de su mundo, pudimos ver al mismo tiempo cómo se ponen de pie por medio del trabajo de sus organizaciones; la relación con los hermanos que viven del otro lado de la cordillera; la creciente inserción (desde sus tradiciones) en el mercado laboral. Pero percibimos algo más: la recuperación de la cosmovisión y la espiritualidad, como un elemento central y decisivo en todo este proceso de reactualización comunitaria, expresado, entre otras manifestaciones, en su ceremonia esencial.

El Nguillatún.
En una de las tantas comunidades que visitamos, fui invitado a participar de la Rogativa del año 2000.

En realidad puedo decir que fui honrado, dado que, a diferencia de otras comunidades, en ésta es muy poco habitual la presencia de huincas o blancos. Cerca de doscientas personas de al menos tres comunidades, entre los anfitriones y sus invitados, daban marco a un ritual imponente. El año pasado volví a asistir y pienso -si el permiso se renueva- hacerlo regularmente todos los años que pueda. Me ha sido dado el privilegio de compartir con los hermanos indígenas de ese rincón de la Argentina, la posibilidad de estar en un espacio y un tiempo colectivo, que a su vez está fuera del tiempo y el espacio cotidiano. Es el tiempo y el espacio sustancial, sagrado y único de la ceremonia que da sentido a todos por un año más, que sirve de orientación y revelación y que permite la imprescindible revitalización de la comunidad mediante el contacto con el Gran Padre.

El Nguillatún -llamado también Camaruco o Kamarikún- es la ceremonia por excelencia. Durante tres días con sus noches, los participantes danzan, cantan, se pintan el cuerpo con los colores sagrados celeste y blanco y ruegan a Futa Chao -Gran Padre- o Nguenechén -el Dueño de los Hombres- por los cultivos, los animales y la fertilidad en general. Se realiza una vez al año -siempre en la misma fecha- y el espacio donde se lleva a cabo es abierto, circular y sagrado. En el centro se erige el rewe -poste chamánico- o en su defecto árboles que lo suplantan, haciendo las veces de "axis mundi" -eje del mundo-, la unión del cielo y la tierra que a su vez representa los distintos planos del Universo: la tierra de arriba (wenu-mapu), donde residen los dioses; la tierra de medio arriba (anka-wenu), ubicada entre la tierra de arriba y el suelo, en la cual residen entidades malignas; la tierra (mapu), hogar de los hombres y lugar del bien y del mal; la tierra de abajo (minche-mapu), el subsuelo maléfico o inframundo.

Cerrando el círculo ceremonial, se instalan los distintos grupos familiares que participan en viviendas improvisadas que denominan la ramada, ubicadas también en forma semicircular. La rogativa comienza con la cabalgata del jefe de la comunidad y sus hombres, al amanecer. Junto con ellos galopa el guía de la ceremonia, por lo general un anciano. El lonko realiza luego la oración pidiendo lluvia para los cultivos y fecundidad para los hombres y los animales. Todos se dirigen luego al Sol, con las ofrendas, entre las que se destaca el mudai, la bebida ritual.

Después y durante toda la jornada, hasta el anochecer, se lleva a cabo el choike purrun o danza del ñandú, a cargo de grupos de cinco bailarines hombres. Los danzantes son acompañados por mujeres que -sentadas en semicírculo alrededor del espacio central y de espaldas a la ramada- entonan los cantos de la comunidad, y por el kultrunero o tocador del kultrun, el tambor chamánico.

Así transcurre cada día, con los intervalos de las cabalgatas (awün) alrededor del círculo ceremonial y, hacia el mediodía, el especial momento de la comida, que es un ritual en sí mismo. Al caer el sol y hacia el final de la ceremonia, hombres y mujeres bailan y rezan. Es el momento supremo del amu purrun, la danza de todos. A lo largo de los tres días estos pasos se repiten rigurosamente.

El Nguillatún presenta ligeras variantes según sea la comunidad que lo realice pero, en términos generales, la estructura es la descripta. Es un fuerte ritual comunitario que permitió a los mapuches ofrecer una resistencia cultural en defensa de su identidad, encontrarse con las energías (newén) de la vida y conectarse con el Universo (Elchen) del cual ellos se consideran parte. En ninguna de las dos oportunidades en las que asistí a la ceremonia se me permitió tomar fotos (las que aparecen acompañando a este texto no pertenecen a ella), ni grabar o tomar notas. Sí se me invitó a acompañar a los hermanos indígenas en su viaje espiritual comunitario.

La experiencia me ayudó a que sucediera algo conmigo: mi propio viaje de introspección, algo así como mi ceremonia interior y la reactualización del camino de búsqueda y encuentro con la espiritualidad que muchos de nosotros estamos recorriendo desde hace un tiempo. Me sumergí otra vez en el mundo indígena. No era la primera vez que lo hacía; por el contrario, a lo largo de mi vida como antropólogo he tenido muchas experiencias semejantes, pero ahora sentía que había sucedido algo diferente. Como si hubiera llegado a un punto del camino. Probablemente por la maduración del proceso personal, y por las particularidades de la ceremonia a la que asistía.

Ese algo distinto tenía que ver también con la decisión que llevó a los miembros de una comunidad indígena muy celosa de sus tradiciones a hacer participar a un "blanco" de una ceremonia tan cara a ellos; eso me reafirmó una vez más el proceso de apertura que los indios están viviendo desde hace un tiempo hacia otros sectores de la sociedad.

Un año antes de empezar a viajar sistemáticamente por el proyecto del libro, participé de un congreso, también en el Neuquén; durante varios días, indígenas, académicos y especialistas compartimos temas en común. Como cierre, un líder kolla del Noroeste realizó un ritual a la Pacha Mama e hizo un llamado que nunca olvidé: "Deberíamos hablar un poco menos y hacer más ceremonias". Tal vez la vivencia intensa del Nguillatún me enseñó precisamente esto: la posibilidad de encontrar en las ceremonias, un ámbito común que nos ayude a estar reunidos, sabiendo hallar en la espiritualidad un puente más de acercamiento que nos permita seguir avanzando en el difícil pero imprescindible camino de convergencias entre indígenas y "blancos".

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