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Entre pócimas y jarabes en el barrio porteño de Montserrat.

En el barrio porteño de Montserrat se levanta la Farmacia de la Estrella, fundada hace 170 años y pionera en América del Sur. El negocio respeta la antigua decoración que contemplaban los vecinos en tiempos del nacimiento del país.

La farmacia de la esquina no es cualquier farmacia, ni la esquina de Alsina y Defensa es cualquier esquina. Se trata de la Farmacia de la Estrella, la primera de América del Sur, fundada en 1834 a instancias de Bernardino Rivadavia y que ocupa desde fines del siglo XIX la intersección de dichas calles -entonces Potosí y Mayor, el centro social y comercial de Buenos Aires-, frente a la iglesia de San Francisco. A partir de 1971, cuando fue adquirida por la entonces Municipalidad porteña, forma parte del Museo de la Ciudad.

La ubicación del viejo negocio no es casual. En aquella época, las campanadas de las iglesias guiaban a los vecinos que tenían urgencia por conseguir un remedio para sus males. Eran tiempos de lepra, sífilis, tuberculosis, y la ciudad era foco de concentración y propagación de enfermedades que llegaban a bordo de los buques corsarios carentes de supervisiones sanitarias. También las pestes surgidas de la actividad de los mataderos no controlados y la costumbre de arrojar basura a las calles llevaban clientes a la botica.

En 1838, La Estrella pasó de manos del bioquímico y botánico Pablo Ferrari a las del barón suizo Silvestre Demarchi quien, junto con la farmacia, instaló una droguería mayorista y un laboratorio. Sus hijos, asociados con el bioquímico Domingo Parodi, construyeron el edificio que ocupa el comercio desde 1885. "Nada se ha economizado a fin de reunir todas las comodidades modernas sin reparar en gastos", decía Caras y Caretas en referencia a las estanterías de nogal de Italia, cristales de Murano, mármoles de Carrara, pisos de mayólicas venecianas, marquesinas de hierro forjado, ornamentación contra la que el tiempo no ha podido. El artista Carlos Barberis ilustró el cielorraso con un fresco alegórico a la salud, la enfermedad y la farmacopea, además de representaciones de la química y la botánica cuyos modelos fueron, según cuenta la leyenda, las hijas de Facundo Quiroga –una de ellas estaba casada con un hijo de Demarchi-. Más tarde, en 1918, llegó desde Estados Unidos la balanza que aún funciona y compite con otra, electrónica.

En el comercio más antiguo de la ciudad se producían las píldoras Parodi para la tos, el jarabe Manetti para la indigestión, la limonada Roger y el célebre aperitivo y tónico estomacal Hesperidina. Además de sus laboratorios alopático y homeopático y de su completa herboristería que siguen sanando a los enfermos del siglo XXI, la farmacia cumplía, en tiempos históricos, la función social de salón de tertulias. Allí discutieron personajes como Bartolomé Mitre, Julio Roca, Carlos Pellegrini e Hipólito Yrigoyen.

En 1778, cuando Buenos Aires tenía 24 mil habitantes, se ocupaban de la salud de la población 9 médicos, 2 cirujanos, 6 sangradores, 5 boticarios y 48 barberos. En 1810 la expectativa de vida no superaba los 45 años. El censo de ese año registraba en la ciudad 13 médicos, un practicante, 65 sangradores –dentro de los cuales se incluía a los barberos que cumplían función de dentistas y también aplicaban sanguijuelas-, 13 boticarios –que competían en la provisión de drogas con los propios médicos y con los jesuitas- y 41 cirujanos auxiliares de la medicina.

A partir de 1822, tanto Rivadavia como Manuel Moreno se esforzaron en mejorar la situación sanitaria. El censo de 1826 habla de 39 médicos y 22 boticarios. La expectativa de vida se había extendido hasta los 53 años. Pero había que tener cuidado al poner la salud en manos de alguien ya que también entonces existía el peligro de los médicos truchos. Dice Andrés Carretero, en Vida Cotidiana en Buenos Aires, que "lamentablemente junto con los profesionales recibidos, también actuaban falsos médicos y curanderos, por lo que hubo numerosos juicios contra éstos, que recetaban pócimas y ungüentos venenosos. Uno de estos remedios tóxicos era el albayalde, que se daba a los niños empachados. Algunos practicaban la medicina ilegal para ganar dinero y otros, siguiendo inspiraciones esotéricas".

El hospital de la Gran Aldea se ocupaba sólo de los menesterosos, los esclavos y los enfermos terminales. Sobre esta situación, el investigador Diego Armus comenta, en La Vida de Nuestro Pueblo, que "en verdad, entre los siglos XVI y gran parte del XIX la automedicación, la preparación de remedios caseros, el cuidado hogareño del enfermo y la consulta esporádica del curandero, del ‘charlatán’ o incluso del médico diplomado (en fin, ese conjunto de prácticas vinculadas con la medicina de todos los días) definieron un espacio peculiar, propio de una suerte de medicina popular.
Coexistiendo junto con esta medicina popular, donde el saber médico oficialmente reconocido ocupó un lugar decididamente secundario, se fue definiendo una medicina que se autotitulará primero sabia y luego, con las luces del enciclopedismo, científica. Se trató de una medicina que aspiraba a legitimar su superioridad, su sabiduría, a través del poder político. Socialmente restringida a las élites locales, los pobres eran objeto de su preocupación en tanto peligros epidémicos".

Entre quienes se encargaban de difundir la vacunación estaba don Saturnino Segurola, que aplicaba la antivariólica a la sombra de un árbol del barrio de Caballito, hoy conocido como el Pacara de Segurola. Ante la desconfianza de la gente, el médico-poeta escribió "(...)porque la inoculación/produce palpablemente/un beneficio a la gente/y un aumento a la nación./Al pobre infeliz, al rico,/al plebeyo, al ciudadano,/al gaucho, al artesano,/el mismo virus aplico:/para mí ninguno es chico,/a todos estimo y quiero,/no pospongo ni prefiero/a Julia por Enriqueta/y, en fin, pongo la lanceta/en el que llega primero".

Cuando la Farmacia de la Estrella ya era célebre, la publicidad sanitaria y de medicamentos comenzaba a hacer lo suyo. En las últimas décadas del siglo XIX, Caras y Caretas publicaba un dibujo en el que el doctor Eduardo Wilde fumigaba enérgicamente las calles porteñas acompañado por un asistente provisto de una potente manguera, mientras un ciudadano huía de los desinfectantes y la Muerte espiaba, guadaña en mano. Debajo, un texto aseguraba que "Se imponen las medidas radicales/antes de que la peste nos infeste;/ mas las quieren usar con bríos tales/que van á concluir porque la peste/resulte el más pequeño de los males".

La Farmacia de la Estrella –que ya tenía sucursales en Montevideo, Rosario, Córdoba y San Nicolás de los Arroyos- y, más tarde, otros comercios se encargaron de proveer a la población de la medicina adecuada para cada mal. Pero para enfermos que sufrían mucho o se encontraban en estado terminal, existían los despenadores, especie de aplicadores de eutanasia. Sus métodos, en tiempos del Virreynato y aun más tarde, consistían en quebrar el cuello del pobre paciente con un golpe o partir el espinazo doblando el cuerpo hacia atrás. También se practicaba la asfixia con almohada.

Hoy, casi dos siglos después del visionario encargo del gobierno del país independiente a don Pablo Ferrari, en una ciudad poblada por más de tres millones de personas y visitada por miles de turistas de todo el mundo, la salud de la Farmacia de la Estrella es celebrada en su esquina de Montserrat donde conviven preparados artesanales dentro de antiguos frascos con drogas "de última generación". Cerca, suenan las campanadas de la Legislatura porteña, de San Francisco, San Ignacio y Santo Domingo, se reúnen para entrar a clase los estudiantes del Colegio Nacional y, por disposición gubernamental, los colectivos ya no agrietan, con su vibración, las paredes del viejo barrio por fin preservado de la modernidad.

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