Alegrías, nostalgias y sobretodo ritmo en la música que inspira el río a los habitantes de sus orillas.
"Augusto Paraná, sagrado río, / primogénito ilustre del océano..." Así comienzan los notables versos de Manuel de Labardén, publicados en el primer número del primer periódico de Buenos Aires, "El Telegrafo Mercantil", el 1 de abril de 1801. A partir de entonces, el Paraná ha inspirado muchas y bellas composiciones poéticas; también un ritmo y hasta un estilo de música muy particular.
Es que para quienes viven en las orillas, el río suele ser todo. Velmiro Ayala Gauna, uno más en la legión de los escritores injustamente olvidados, describe bellamente esa relación entre el habitante costero y las aguas del Paraná: "El hombre tuvo el rumor del río como canción de cuna; de niño jugó con él y, ya mozo, aprendió a extraer de los seres que vivían en su interior o en sus márgenes los medios para su sustento. (...) El río está unido a su vida de manera indisoluble; en todas sus alegrías, angustias y emociones juega el agua un papel preponderante."
Esa sensación del hombre hacia el latido de su paisaje también se expresa en la música de las orillas del Paraná: básicamente el chamamé, del cual derivaron incluso otros ritmos, como la chamarrita.
En lo que debieron ser los orígenes del chamamé, se cantaba por compuestos, esto es, por décimas que contaban historias sencillas y directas; la tradición refiere que las tropas de Belgrano se reunían para cantar canciones en ritmo de chamamé, con acompañamiento de guitarras. El acordeón y el bandoneón, instrumentos típicos del género, vinieron después; los trajo la primera inmigración italiana, que llegó a partir de 1860.
En el litoral, los inmigrantes se apegaron tanto a la tierra que terminaron por considerarla como propia, y no sólo le transmitieron su música, sino también su cultura. El nativo absorbió esa cultura, puso en ella una gran carga emotiva y la convirtió en vehículo de sus sentimientos.
El chamamé alcanzó su esplendor gracias a una pléyade de músicos considerados como los pilares del género: Tránsito Cocomarola, autor de "Kilómetro 11", que fue grabado por la Orquesta Filármonica de Nueva York; Isaco Abitbol, que creó piezas emblemáticas como "La calandria", y cuyas interpretaciones en bandoneón fueron elogiadas por Aníbal Troilo; Antonio Tarragó Ros (padre), que inauguró el chamamé maceta, una modalidad absolutamente rítmica, imaginada exclusivamente para el baile, un baile de paisanos descalzos en un patio de tierra, bajo la luna.
La música chamamecera tuvo su gran renovador en Ernesto Montiel. Así lo describe el poeta santafesino Diego Holzer: "Hombre muy simple, parco en palabras y peleador; tenía tres facones: uno en el auto, otro en el estuche del acordeón y el tercero en el cinto. Nadie tocó el acordeón como él; formó un conjunto, el "Santa Ana", por donde pasaron los mejores músicos y, al igual que Troilo, hacía lucir a los cantores. El chamamé es antes y después de Ernesto Montiel."
No todos saben que grandes músicos del chamamé han estado muy ligados al tango. Mauricio Valenzuela, primer bandoneón de Julio De Caro, fue uno de los mayores recopiladores de temas populares chamameceros. Entre los que rescató se destaca "Fierro punta", cuyas primeras notas son las de la Quinta Sinfonía de Beethoven, y que tuvo su origen en la instalación de las vías de ferrocarril. Allí trabajaban muchos inmigrantes polacos, junto con criollos e indios; para llamarlos a comer tocaban en una trompeta esas notas, los trabajadores las empezaron a silbar y terminaron por hacer un chamamé a partir de ellas.
El chamamé y las letras .
En un principio, las letras del chamamé eran simples letrillas de amor. A mediados del siglo pasado, Mario Millar Medina renovó formas y temáticas, orientando éstas hacia la problemática social; "El rancho de la Cambicha" es una de sus piezas más conocidas.
En la década del '40, el desarraigo comenzó a inspirar a los letristas, quienes reflejaron la nostalgia del provinciano que emigraba a Buenos Aires a favor del proceso de industrialización que entonces vivía el país. "Tengo un chamamé que dice 'yo, que vuelvo a partir, soñando siempre volver', ilustra Diego Holzer, y prosigue: "Uno parte y sabe que no va a volver más; entonces le canta a lo que dejó: al rancho, incluso a la pobreza, que no era una carga entonces. Teniendo un caballo, una guitarra o un acordeón, y pudiéndole dar de comer a su hijo, el criollo no soñaba con poseer otras cosas."
Poetas como Osvaldo Sosa Cordero -autor de "Naranjerita"- y Alberico Mansilla crearon también letras galanas y originales, pero el río no aparece en ellas. "El hombre costero", puntualiza Diego, "casi no le canta al río; lo conserva, porque es lo que le da de comer. Vos le cantás a tu casa cuando estás lejos, no cuando vivís en ella. El canto de los provincianos al río aparece con la nostalgia."
Tampoco Discépolo necesitó nombrar a Buenos Aires en sus tangos para que el pueblo lo consagrara como uno de los más significativos poetas porteños.
"Augusto Paraná, sagrado río, / primogénito ilustre del océano..." Así comienzan los notables versos de Manuel de Labardén, publicados en el primer número del primer periódico de Buenos Aires, "El Telegrafo Mercantil", el 1 de abril de 1801. A partir de entonces, el Paraná ha inspirado muchas y bellas composiciones poéticas; también un ritmo y hasta un estilo de música muy particular.
Es que para quienes viven en las orillas, el río suele ser todo. Velmiro Ayala Gauna, uno más en la legión de los escritores injustamente olvidados, describe bellamente esa relación entre el habitante costero y las aguas del Paraná: "El hombre tuvo el rumor del río como canción de cuna; de niño jugó con él y, ya mozo, aprendió a extraer de los seres que vivían en su interior o en sus márgenes los medios para su sustento. (...) El río está unido a su vida de manera indisoluble; en todas sus alegrías, angustias y emociones juega el agua un papel preponderante."
Esa sensación del hombre hacia el latido de su paisaje también se expresa en la música de las orillas del Paraná: básicamente el chamamé, del cual derivaron incluso otros ritmos, como la chamarrita.
En lo que debieron ser los orígenes del chamamé, se cantaba por compuestos, esto es, por décimas que contaban historias sencillas y directas; la tradición refiere que las tropas de Belgrano se reunían para cantar canciones en ritmo de chamamé, con acompañamiento de guitarras. El acordeón y el bandoneón, instrumentos típicos del género, vinieron después; los trajo la primera inmigración italiana, que llegó a partir de 1860.
En el litoral, los inmigrantes se apegaron tanto a la tierra que terminaron por considerarla como propia, y no sólo le transmitieron su música, sino también su cultura. El nativo absorbió esa cultura, puso en ella una gran carga emotiva y la convirtió en vehículo de sus sentimientos.
El chamamé alcanzó su esplendor gracias a una pléyade de músicos considerados como los pilares del género: Tránsito Cocomarola, autor de "Kilómetro 11", que fue grabado por la Orquesta Filármonica de Nueva York; Isaco Abitbol, que creó piezas emblemáticas como "La calandria", y cuyas interpretaciones en bandoneón fueron elogiadas por Aníbal Troilo; Antonio Tarragó Ros (padre), que inauguró el chamamé maceta, una modalidad absolutamente rítmica, imaginada exclusivamente para el baile, un baile de paisanos descalzos en un patio de tierra, bajo la luna.
La música chamamecera tuvo su gran renovador en Ernesto Montiel. Así lo describe el poeta santafesino Diego Holzer: "Hombre muy simple, parco en palabras y peleador; tenía tres facones: uno en el auto, otro en el estuche del acordeón y el tercero en el cinto. Nadie tocó el acordeón como él; formó un conjunto, el "Santa Ana", por donde pasaron los mejores músicos y, al igual que Troilo, hacía lucir a los cantores. El chamamé es antes y después de Ernesto Montiel."
No todos saben que grandes músicos del chamamé han estado muy ligados al tango. Mauricio Valenzuela, primer bandoneón de Julio De Caro, fue uno de los mayores recopiladores de temas populares chamameceros. Entre los que rescató se destaca "Fierro punta", cuyas primeras notas son las de la Quinta Sinfonía de Beethoven, y que tuvo su origen en la instalación de las vías de ferrocarril. Allí trabajaban muchos inmigrantes polacos, junto con criollos e indios; para llamarlos a comer tocaban en una trompeta esas notas, los trabajadores las empezaron a silbar y terminaron por hacer un chamamé a partir de ellas.
En un principio, las letras del chamamé eran simples letrillas de amor. A mediados del siglo pasado, Mario Millar Medina renovó formas y temáticas, orientando éstas hacia la problemática social; "El rancho de la Cambicha" es una de sus piezas más conocidas.
En la década del '40, el desarraigo comenzó a inspirar a los letristas, quienes reflejaron la nostalgia del provinciano que emigraba a Buenos Aires a favor del proceso de industrialización que entonces vivía el país. "Tengo un chamamé que dice 'yo, que vuelvo a partir, soñando siempre volver', ilustra Diego Holzer, y prosigue: "Uno parte y sabe que no va a volver más; entonces le canta a lo que dejó: al rancho, incluso a la pobreza, que no era una carga entonces. Teniendo un caballo, una guitarra o un acordeón, y pudiéndole dar de comer a su hijo, el criollo no soñaba con poseer otras cosas."
Poetas como Osvaldo Sosa Cordero -autor de "Naranjerita"- y Alberico Mansilla crearon también letras galanas y originales, pero el río no aparece en ellas. "El hombre costero", puntualiza Diego, "casi no le canta al río; lo conserva, porque es lo que le da de comer. Vos le cantás a tu casa cuando estás lejos, no cuando vivís en ella. El canto de los provincianos al río aparece con la nostalgia."
Tampoco Discépolo necesitó nombrar a Buenos Aires en sus tangos para que el pueblo lo consagrara como uno de los más significativos poetas porteños.
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