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Los bares porteños sobreviven al tiempo como lugares característicos de encuentro.

Los bares porteños sobreviven al tiempo como lugares característicos de encuentro y como formadores de la vida cultural de la ciudad. En sus mesas, silenciosas compañeras de famosos de antaño, aún se cultivan las amistades, el arte y, por supuesto, los romances.
Tras la Guerra Civil española, a fines de los años 30, muchos republicanos emigraron a nuestro país. Uno de ellos fue Don Pío del Río Ortega, reconocido médico, discípulo de don Santiago Ramón y Cajal. El científico eligió Argentina en vez de Inglaterra, donde tenía un ofrecimiento laboral de la prestigiosa Unversidad de Oxford. Ya en Buenos Aires, el escritor Eduardo Blanco Amor le preguntó por qué había tomado esa decisión. Don Pío contestó: "Es que en Buenos Aires hay bares". 


Sin duda, los bares se instalaron en la ciudad como lugares de gran trascendencia social y formadores de su entramado cultural. En la actualidad, aunque muchos han cambiado su fisonomía y otros cerraron sus persianas, en sus mesas nacen y culminan historias de amor, algún artista o escritor idea los primeros trazos de su obra y también, entre pocillo y pocillo, se concretan negocios y surgen discusiones políticas; se habla de deportes y, por supuesto, aun en los tiempos frenéticos que corren, son lugares donde se juntan amigos para perder el tiempo. 

Así, con entrañable cariño, destacaba la esencia de estos lugares de encuentro el recordado periodista Osvaldo Ardizzone: "En el café se hallaba una tregua, se hacía la pausa necesaria antes de volver al trabajo o a la casa. Ahí se contaba y se escuchaba contar en rueda de amigos. El que llegaba último, el que venía de afuera, siempre traía novedades que los demás estábamos dispuestos a escuchar. Y el recién llegado se improvisaba narrador, volcaba las noticias del día, historias de otros amigos o conocidos en que la imaginación iba de la mano..." 

Los primeros bares de la ciudad se abrieron antes de la Revolución de Mayo. El pionero fue el Café de los Catalanes, que se ubicaba en la actual esquina de Perón y San Martín. Allí, entre chocolate con churros, bollos y café, se tramaron las primeras estrategias de los hombres que derrocarrían al virrey para instalar el primer gobierno criollo. El nombre Catalanes no es simplemente una referencia anecdótica sino que guarda relación con la fuerte presencia de los bares en España que luego, con la gran inmigración de fines del siglo XIX y principios del XX, se trasladarían a Buenos Aires. 

"Los bares llegan a Buenos Aires por influencia de colonias europeas, fundamentalmente la española", explica el arquitecto y escritor Horacio Spinetto, autor del libro Cafés de Buenos Aires. "Es muy difícil encontrar en el mundo ciudades que tengan más cafés que Madrid y Buenos Aires", continúa.

Es en este punto del cono sur donde el bar se convertirá en un lugar de encuentro, en el que se construirán fuertes vínculos de pertenencia entre amigos, artistas y noctámbulos. A diferencia de otras ciudades como Santiago de Chile, donde el café se convirtió en lugar para entablar negocios, o Río de Janeiro, donde casi no prosperó, en las costas rioplatenses -tanto en Buenos Aires como en Montevideo- el bar se expandió rápidamente por todos los rincones de la ciudad, generando un espacio único de identidad cultural. 

Privilegio para hombres.

Al principio del siglo XX los bares estaban vedados a las mujeres. En ese tiempo los hombres solían reunirse en encuentros literarios o para jugar a las cartas. Luego se incorporaría a los salones el billar. Hacia las décadas del 20 y el 30 las mujeres ya podían entrar a los cafés, pero para estar en un pequeño sector del salón. Eran los llamados reservados para familias, que solían separarse mediante mamparas con vidrios esmerilados. Uno de los bares que aún conserva estas mamparas -aunque su finalidad, como en todos los bares porteños, ha quedado caduca- es el café Argos, ubicado en la esquina de Federico Lacroze y Álvarez Thomas, en el límite entre Colegiales y Chacarita. 


El Argos nació en los años 20. Como buen café de barrio, reúne a los clientes de siempre, que suelen juntarse para jugar en sus mesas de billar o charlar sobre temas tan diversos como el tiempo, el fútbol, la vida o los posibles aumentos de tarifas. El piso del Argos aún mantiene sus baldosas en blanco y negro. Por sobre la barra se puede ver el pequeño escenario donde antiguamente actuaban las orquestas de señoritas. Estas formaciones, integradas por jóvenes instrumentistas, solían entretener al público que se acercaba por la tarde a tomar la merienda. Cuando no actuaban las señoritas, para entretener a la clientela aparecía "la vitrolera", una mujer que se encargaba de hacer sonar la vitrola, una gran caja de madera con parlante que emitía música grabada y se accionaba moviendo una manivela, según recuerda Spinetto. 

En los barrios.
Si bien la mayor concentración de bares se ubica en el centro de la ciudad, es en los barrios donde el café aún mantiene una mayor presencia como lugar de reunión. Los clientes -aunque ya no pesen restricciones hay que reconocer que siguen siendo en su mayoría hombres- parecen contar allí con más tiempo libre o, al menos, permitirse esa pausa tan trascendente para juntarse con amigos.

También los bares siguen siendo lugares de reunión de estudiantes. Durante la década del 50, por ejemplo, muchos jóvenes que iban a la Facultad de Ciencias Exactas -que en ese tiempo funcionaba donde está la Manzana de las Luces- se reunían en el bar El Querandí, ubicado en Perú 302, y que también supo ser frecuentado por Ernesto Sabato. Los estudiantes, además de contar con un escenario tranquilo para hablar sobre números, cálculos y geometría, eran bien tratados. A la nochecita, los dueños del local ponían a remate con una base menor al del precio de carta los sandwiches, bebidas y otras infusiones, para que los alumnos con poco dinero con el que solían contar pudieran alimentarse adecuadamente. 

El Argos y el Querandí, junto con otros 50 bares de la ciudad, son considerados cafés notables, según una calificación del gobierno porteño. Esa nota la reciben los locales que mantienen sus estructuras originarias y en donde han sucedido hechos trascendentes o han concurrido personajes importantes. Una comisión de protección de bares se encarga, mediante la programación de espectáculos y asesoramiento, de ayudar a estos cafés para que se mantengan inalterables en el tiempo. 

Otro café notable es el Tortoni, en Avenida de Mayo 825. Su nombre fue adoptado por su dueño, un inmigrante francés de apellido Touan, copiando el de un bar parisino. El Tortoni abrió sus puertas en 1858 y es el más antiguo de la ciudad. En su interior se distribuyen unas cien mesas de roble y mármol veteado en verde y blanco junto con sillones y sillas de roble y cuero. En sus paredes cuelgan dibujos y pinturas de artistas célebres como Benito Quinquela Martín y Aldo Severi. En el techo del salón resaltan imponentes vitreaux. En el salón denominado La Bodega, ubicado en el subsuelo del bar, desarrolló sus actividades entre 1926 y 1943 la famosa Peña del Tortoni, un espacio de reflexión conformado por gente de la cultura y la política, por donde pasaron a leer sus poemas o entonar canciones los más renombrados artistas de la época. Entre las personalidades que concurrieron a la Peña figuran Baldomero Fernández Moreno, Alfonsina Storni, Carlos Gardel, el ex presidente Marcelo T. de Alvear, César Tiempo, José Ortega y Gasset, Lola Membrives y Leopoldo Marechal. Una de las especialidades de la casa con la que suelen deleitarse los visitantes es la leche merengada, compuesta por helado de crema, leche, azúcar, claras de huevo batidas a nieve y canela. 

Así como muchos bares han mantenido su fisonomía, otros se han modificado con el correr de los años. Esto se ve principalmente en cafés de la avenida Corrientes. Entre los años 20 y 50 surgieron allí gran cantidad de bares donde actuaban orquestas de tango hasta la madrugada. De allí el mote de la avenida que nunca duerme. 

Uno de los bares donde se puede disfrutar de los aromas del café y de distintas especias es el Gato Negro, ubicado en Corrientes 1669. El local nació como lugar de venta de especias hacia 1927, cuando Corrientes aún era angosta. Su primer dueño fue un español que había vivido en Singapur, Ceilán y Filipinas, lugares donde conoció especias exóticas que luego importó a Buenos Aires. Entre los clientes figuraron personalidades como Alfredo Palacios, Francisco Canaro y Osvaldo Miranda. No hace mucho tiempo, su actual propietario decidió adicionar al local un espacio para poder disfrutar ahí mismo del café molido a la vista. 

El Gato Negro retomó así la vieja tradición de los primeros bares que se combinaban con almacenes. En algunos aún puede verse la leyenda "Almacén y despacho de bebidas", que según cuenta Spinetto era como se señalaba a los bares que vendían productos además de contar con un salón donde se podía tomar café y otras infusiones. Uno de los que poseen esta distribución es el Preferido de Palermo, ubicado en Jorge Luis Borges 2108. Como antiguamente, los sectores de almacén y bar se separan por una cortina. 

La lista de bares que resguardan anécdotas, personajes entrañables e historias de la ciudad es interminable. En alguna esquina de cada barrio estos locales se resisten a ser vencidos por el tiempo o las modas. Tienen mucho que ver los habitantes de la ciudad. Es que, como señaló alguna vez el dueño de un bar en San Telmo, "los cafés de Buenos Aires no tienen clientes, tienen amigos".

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